Mis poetas

Descubrí a Bécquer cuando tenía doce años y el sufriente y angustioso universo que sus poemas, y después sus leyendas llenas de misterios y de miedos, que se parecían al temor que me producían los relatos de aparecidos escuchados de boca mis padres y tíos, me cautivó de tal manera que ya no pude dejar de leer poesía, seguí con Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, y cuando ya estaba convencido de que la rima era el único reino posible de los versos descubrí a Pablo Neruda…

En sus veinte poemas de amor encontré un cosmos luminoso que convertía a la palabra en una especie de arcilla moldeable con la que se podían tejer las más intrincadas urdimbres de sombras y contrastes.

En César Vallejo me asomé a otra relación con la palabra, más complicada, más difícil, como una especie de conflicto semejante al de los enamorados con una mujer esquiva, que se niega a someterse a sus deseos y de esa simbiosis surge una obra hermética que, pese a todo, es querible… “…hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”… golpes que tuve que afrontar en mi propia existencia y que, sin embargo, nunca supe hasta dónde podían continuar doliendo con el tiempo.

El ecuatoriano Alfonso Barrera me atrajo con su discurso musical y sonoro: “…me tendí para escuchar los ruidos del mundo como si me llegasen sinfonías con fondo de penumbra, y encontré que lo letal es dulce”.

De Borges aprendí a amar la fría y cerebral manera con la que se discurre una cosa tan intensa como el amor: “…el nombre de una mujer me delata./ Me duele una mujer en todo el cuerpo” (El amenazado), “Alto en la cumbre/ todo el jardín es luna/ luna de oro…/ más precioso es el roce/ de tu boca en la sombra”… (Tankas).

En el también argentino Leopoldo Marechal descubrí una capacidad de encerrar la belleza con el más delicado lirismo: “Yo viví en una charca de batracios/ prudentes y sonoros en su limo./ Cierta vez pasó un águila sobre nuestras cabezas/ y todos opinaron “ese vuelo no existe”./ Yo me quedé admirando la excelsitud del águila/ y construí motores de volar” (Poema de robot). No son todos mis poetas, hay unos cuantos (muchos) más a los que debo sumar al gran Pedro Mir que me llevó a descubrir el país donde vivo, “colocado en el mismo trayecto del sol” y otro al que siempre estoy volviendo, el creador de una cosmología mágica infinitamente superior a la de Platero y yo… Manuel del Cabral y su Chinchina busca el tiempo, y los cocolos que cantan entre los cocales.

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