La espontaneidad es una característica de ciertas personas, que actúan con libertad y afirman ser independientes, o dicen lo que sienten sin detenerse a pensar cómo pueden caer sus palabras ante quienes las escuchan.
Las personas espontáneas suelen ser también apresuradas en su forma de hablar, a veces completan la frase que su interlocutor está terminando de pronunciar o interrumpen directamente para decir lo que tienen que decir, muchas veces con la excusa de “antes que se me vaya la idea” o con motivaciones parecidas.
Otra característica de este tipo de gente es que tiende a reducirlo todo a un concepto demasiado simple, a veces a un lugar común que ninguna relación tiene con el tema del que se está hablando; por ejemplo, si se les explica por qué el filósofo Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río porque ni el agua es la misma, debido a que está corriendo, y el río tampoco es igual porque puede crecer o bajar de caudal; el espontáneo ni siquiera dejará terminar la frase y sentenciará muy suelto de cuerpo: “Eso es como decir que todos los días se aprende algo nuevo…”
Los espontáneos suelen exhibir justificaciones como: “Ah, yo digo lo que pienso y al que le pica, que se rasque”… pero suelen reaccionar airados y exigir respeto cuando alguien les dice algo que los obliga a “rascarse”.
Aunque abunda en este país ese tipo de gente que se caracteriza por soltar la primera tontería que le viene a la cabeza, sin medir consecuencias y muchas veces sin tomar en cuenta lo ridículo de su actitud, cabe reconocer que no todas las personas espontáneas son malas ni actúan movidas por sentimientos negativos, sencillamente no pueden con su genio y por eso suelen “meter la pata” más de una vez.
También se caracterizan por opinar abiertamente de todo, desde la política exterior hasta el funcionamiento del acelerador de partículas o la recaudación impositiva, y siempre lo reducen todo a frases como “es que así es la política” o “la economía siempre fue complicada”.
Personalmente, suelo alejarme de esa clase de personas, sobre todo cuando noto que detrás del “yo digo lo que pienso” no hay un mínimo de empatía ni preocupación por los demás, que es lo que debe primar en todo tipo de comunicación humana.
