Aunque muchos atribuyen a Borges esa frase de qué es el cielo sino un soborno y qué es el infierno sino una amenaza, fue en realidad el dramaturgo inglés George Bernard Shaw el que la escribió.
El cielo o paraíso como soborno, o como promesa de una eternidad luminosa impregnada de dicha figura en todas las religiones, como también el infierno, una eternidad desgraciada entre el fuego y el crujir de dientes. A estos dos extremos el catolicismo les agrega un punto intermedio que es el purgatorio, donde anidan las almas de personas que han muerto en gracia divina pero necesitan purificarse antes de ser admitidas en el cielo.
El infierno es, por lo tanto, una desgracia eterna a la que son condenadas las almas de los que murieron sin arrepentirse de sus pecados, excluidos para siempre de la comunicación con Dios.
Cada uno de estos conceptos tiene validez para quienes aceptan por fe que estas realidades existen pese a que no hay comprobaciones concretas de todas ellas. Se parte del concepto de fe definido por el Concilio de Trento, como una gracia o don sobrenatural otorgado por Dios, que por sí solo no es suficiente para alcanzar el cielo, porque también se exige haber hecho buenas obras a lo largo de la vida.
Quien esto escribe no está del todo seguro de que haya paraíso, purgatorio e infierno, pero sí de que la inasible eternidad es una suma de situaciones efímeras; dichosas porciones de cielo a las que se accede, las más de las veces por azar, como los “amores eternos” de la adolescencia cuando son correspondidos, un examen aprobado, una bicicleta que trajeron los Reyes Magos…
Los “infiernos” suelen ser en cambio las rupturas, las malas notas en la escuela, una lluvia que impide una cita con una bonita muchacha, una reconvención de un jefe, una cancelación de un empleo con la carga de incertidumbre que esa situación genera…
En un rincón de mi casa junto a la ventana, una vista de la ciudad me suele distraer cuando leo o cuando escribo con un café caliente en la mañana, a veces con una copa de ron en la noche. Me gusta soñar desde ese improvisado y mínimo trono que acaso sea esa la mejor manera de construir mi propio, intransferible cielo…
