Hace 31 años, en un artículo en el periódico español El País, el filósofo y pensador Aurelio Arteta alertaba sobre la tendencia de alargar las palabras para impresionar. Él los llamó archisílabos.
Esto que ya era una tendencia en la España de entonces también estaba instalado en todo el mundo hispanohablante, porque las modas lingüísticas se expanden con una velocidad imposible de calcular o de medir, y más ahora con las redes sociales.
En la República Dominicana actual nada se coloca en un lugar determinado, sino que se posiciona, de ahí que determinadas cuestiones adquieren un mayor “posicionamiento” en lugar de posición.
Los problemas se convierten en una “problemática” y, cuando un dominicano acude a un médico y el profesional le indica estudios, se hace una “analítica” en lugar de análisis.
Ya en ninguna parte existe un reglamento para ordenar cómo deben funcionar las cosas, sino una “reglamentación” y cuando algo, un partido de béisbol, un discurso de un político o cualquier otra cosa se termina no se dice final sino “finalización”.
Esta moda de los archisílabos lleva a equívocos como hablar de emergencias “climatológicas” en lugar de climáticas, el error es que climatológico es lo que ocurre dentro de la ciencia que estudia el clima, que es la climatología, de manera que un “desastre climatológico” podría ser, por ejemplo, un estudio mal hecho, una serie de conclusiones erróneas sobre las variables atmosféricas de una región determinada, mientras que un “desastre climático” puede ser un huracán, una lluvia prolongada, una tormenta, una ola de frío o de calor.
Los resultados que se buscan con una acción determinada no se consiguen, sino que se “materializan”, y en los discursos de algunos políticos se va más allá con la “materialización” de los objetivos.
Cuando algo estalla, sea un tanque de gas o de cualquier otro combustible, una bomba en un atentado, no explota, sino que “explosiona”.
La tendencia a escribir o hablar en difícil lleva también a inventar verbos como “compatibilizar” en lugar de adaptar o adecuar, “eficientizar” en lugar de mejorar, todo esto con el propósito de fingir una erudición que no se tiene, y mientras más se alargan intencionalmente las palabras con este fin, más se acortan y se achican las ideas, digo, como el Gallo Claudio.
