Toma ventaja el que enfrenta y logra separar porque la división reduce y en la medida en que se reparten las opiniones, menos convergentes resultan ser, más reducidas las posibilidades de alineación en torno a un mismo tema y mayor dominio del que se beneficia de la disgregación. Esta frase proveniente del latín “divide et impera” atribuida al general romano Julio César para construir su imperio y aprovechada por Napoleón en la conquista de territorios, actualmente adquiere mayor sentido dentro de una sociedad fragmentada como un rompecabezas que no logra encajar las piezas de los diversos grupos, tendencias, facciones, religiones -extremistas, radicales, moderadas e indiferentes- conservadores y liberales, protegidos bajo el manto de la libre elección.
Del pensamiento militar antiguo a la táctica política y estratégica moderna, los intereses disímiles dificultan la cohesión y restan influencia a las colectividades que, al atomizarse, pierden su fuerza. Ningún conglomerado le es ajeno: partidos que se destruyen entre ellos mismos sin necesidad de opositores externos para debilitarse; familias completas tras una sucesión que se reduce, mientras más se parte; equipos de trabajo aplicándose mutuamente zancadillas porque en la cúspide de las decisiones y el poder quieren estar todos y dejar los restos de la base a los demás. Igual se nota en los proyectos estancados porque el protagonismo se lo quieren atribuir unos pocos que pretenden brillar de manera exclusiva, ideas dispersas en que nadie quiere claudicar o críticas diversas cargadas de negatividad y poco acierto que solo alejan los consensos y desmiembran los entendimientos.
La unión es la antítesis de esa subdivisión que quiebra alianzas y aleja la cohesión para, en su lugar, dar paso a una hidra de muchas cabezas -que no por numerosas son necesariamente pensantes- en que cada una obra con sus planes (aparentes o subyacentes) halando hacia direcciones opuestas. El veneno de las agrupaciones es la segmentación de sus líderes con agendas particulares donde su luz quiere apagar la del resto; cada porción con distintas visiones que ha decidido gravitar por su lado va perdiendo posibilidad de dominación y se diluye en pequeñas partículas sin la representación suficiente, al punto de que nadie se siente integrado.
Los creyentes, los ateos o los agnósticos; los belicistas y los pacifistas, los pudientes y los desposeídos (con una clase trepadora en el medio); los sabios que se creen una casta superior entre un grupo ignorante mayoritario; los latinos, los anglosajones, los orientales o los musulmanes, cada uno con sus propias historias polarizadas, se reparten su tajada entre razones que, válidas o no, se dispersan como agua entre los dedos sin que haya vencidos ni vencedores.
