La ley de los bandidos

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    Cuando pasan unos días sin malas noticias sobre hechos horrendos, asesinatos o cualquier forma de violencia, queremos hacernos de la idea de que baja la criminalidad, el cuento aquel de la percepción de seguridad, sólo en el fértil imaginario de algunos funcionarios acogotados por el imperio de la delincuencia.

    Ellos, conscientes del fracaso, prefieren el silencio. Andan en un bajo perfil que da la sensación de que aquí no hay nadie responsable de la política de seguridad interna o del orden público. Pensarán que así la gente los tiene menos en cuenta, que no hay determinados responsables que incumplen sus tareas.

    Pero como la realidad es tozuda, brutal, amanecemos estremecidos con la mala nota del último crimen, como el de la profesional Julissa Margarita Campos Hernández, asesinada cobardemente en su vivienda en la urbanización Las Acacias en Santo Domingo Este.

    Ahí se patentiza aquella expresión popular de que nadie está seguro ni en su propia casa. En la madrugada, con los candados puestos, de la nada aparece un criminal que te dispara simplemente porque trataste de disuadirlo.

    La rabia, la indignación y el dolor de los familiares. La impotencia de todos ante un crimen tan alevoso, sin que todavía las autoridades policiales ofrezcan alguna información.

    Fue simplemente el hecho que nos hizo recordar una vez más que todos estamos en peligro de muerte en una nación que se asume en el concierto de las civilizadas, bajo un orden y unas leyes.
    Porque si bien la violencia se ha vuelto rutina, hay hechos que nos sobrecogen. Otros pasan “a distancia”, como si no estuviesen ocurriendo tan cerca como para enterarnos.

    Pero hay que ver lo que piensa la vecindad de Dionicio Bastita Dimes, el deportista de La Romana, igual asesinado por tres individuos que se trasladaban en una motocicleta. Se aproximaron, le dispararon y lo despojaron de un celular.

    Justo en este momento no sabemos si ha caído otra víctima ni quién será la próxima.

    Así no se puede vivir en un país donde la seguridad mínima sigue siendo una aspiración.

    Duele que la gente muera porque los bandidos son quienes imponen su ley: el terror.

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