Peligro climático

Como todo en la vida, las lluvias tienen su parte buena y su contrapartida negativa. Sacarle el máximo beneficio a la parte positiva y minimizar los efectos adversos debe ser la actitud asumida por la colectividad. Y debe ser un proceder común y…

Como todo en la vida, las lluvias tienen su parte buena y su contrapartida negativa. Sacarle el máximo beneficio a la parte positiva y minimizar los efectos adversos debe ser la actitud asumida por la colectividad. Y debe ser un proceder común y consistente, pues estamos frente a un comportamiento atípico en el régimen de lluvias, tanto en zonas como en épocas. Por ejemplo, inundaciones en Puerto Plata y vaguadas en abril no eran acontecimientos frecuentes en el país. Pero todo cambió desde la aparición de los fenómenos conocidos como El Niño y La Niña. Ahora, zonas y poblados que antes eran de poco riesgo ante fenómenos atmosféricos, son altamente vulnerables cuando llueve. Esa debilidad está también muy estrechamente vinculada a la informalidad que acompaña a muchos asentamientos humanos, que se levantan a orillas de ríos y arroyos que luego se convierten en una amenaza permanente para esos poblados y sus habitantes.

Esos cambios aconsejan adoptar nuevos métodos preventivos, a diseñar nuevas estrategias para organizar labores de asistencia a damnificados y de ubicación de infraestructuras con potencial de ser afectadas por los efectos directos e indirectos de las aguas.

El Gobierno carga con un pasivo contingente de una magnitud que desconoce. Cada vez que surge una vaguada y produce aguaceros prolongados, las crecidas de ríos, arroyos y cañadas dejan una secuela de daños en puentes, carreteras, caminos vecinales, viviendas y plantaciones agrícolas cuyas demandas de rehabilitaciones, arreglos, compensaciones y reparaciones recaen sobre las finanzas públicas, cuya reserva presupuestal para esos casos es insuficiente. Sólo hay que recordar que las inundaciones causadas por las lluvias del último cuatrimestre del año pasado dejaron pérdidas calculadas por el Gobierno en más de 20 mil millones de pesos, suma que no estaba prevista en esa magnitud en el presupuesto del 2016.

Las emergencias provocadas por los fenómenos naturales son de atención inmediata. Socorrer familias con viviendas inundadas, reconstruir carreteras y puentes averiados y reparar casas afectadas son demandas que no esperan. Hay que resolver en el corto tiempo.

Y para colmo de males, las infraestructuras públicas como puentes y carreteras no están aseguradas. Una forma de reenfocar la visión preventiva del Gobierno en materia de fenómenos naturales es asegurar las infraestructuras públicas y mejorar el entorno de los asentamientos vulnerables. Algo hay que hacer porque el peligro del cambio climático acecha.

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