Una nueva ONU

Referíamos ayer un armamentismo nuclear sin control, con falsos “líderes” mundiales y grandes potencias imbuidas en “un infantilismo bélico”, tal señaló alguna vez el papa Francisco, que apuestan a la guerra como a un jueguito de Nintendo

No asoman mentes que puedan influir en acallar las armas y terminar con guerras insensatas, ni organismos con poder y autoridad suficiente para acometer esa tarea, principalmente porque la ONU, que sería la indicada, está cuasi secuestrada por su Consejo de Seguridad, con cinco miembros permanentes con derecho a veto que la convirtieron en una instancia inútil.

Precisamente el tema de esa escasa efectividad surgió el pasado 24 de octubre al conmemorarse la entrada en vigor de la Carta de las Naciones Unidas, firmada en 1945 por 50 países, para mantener la paz y la seguridad internacionales tras la Segunda Guerra Mundial.

Un primer argumento para un nuevo rumbo en la ONU, es que esos cinco miembros permanentes son los que más guerras e intervenciones militares han promovido en los últimos sesenta años.

Ese organismo necesita que más países estén representados en las estructuras de decisión, porque Asia y el Pacífico, donde habita más de la mitad de la población mundial, solo tiene un puesto permanente, y África, con 1,500 millones de personas, ni siquiera está, como tampoco inciden América Latina y el Caribe, lo que demuestra su escasa legitimidad.

En la pasada sesión de la 81 Asamblea General más de una voz tocó el tema; incluso, el secretario general António Guterres señaló lo pernicioso del Grupo de los Cinco: “…no solo se trata de justicia, sino también de resultados”, porque cuando uno de ellos ejerce su derecho al veto, cada acción se paraliza, lo que perjudica o pone en peligro millones de vidas.

Otra cuestión es que la mayoría de las decisiones y planes de la ONU no son vinculantes ni hay consecuencias para los estados que se comprometen y no cumplen, verbigracia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, supuestamente para alcanzarse en 2030.

La Carta de la ONU parece estar fuera de época, por lo que en cada aniversario hay menos motivos para celebrar y más razones para clamar por cambios.

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