El arte de lo simple

Una de las frases más conocidas es aquella de que el tiempo es oro y quien lo desperdicia, pierde un tesoro. La evidente sabiduría de ese postulado parte de que las horas transcurridas o los días del calendario que se dejan atrás son irrecuperables.

A veces se piensa que agregar complejidad, mayores requerimientos o más supervisiones a determinados procesos es garantía definitiva de que el resultado final será el esperado. Sin embargo, más ojos revisores o la multiplicidad de manos por la que pudiera pasar un expediente regularmente diluyen las responsabilidades y en esencia, se constituyen en obstáculos innecesarios que no siempre agregan valor al contenido ni eficacia al resultado.

Los procedimientos con nuevos requisitos aportados por leyes y reglamentos provocan alejar el desenlace final y crear un camino tortuoso para el que tiene que transitarlo. Muchas decisiones sobre un mismo caso a veces son simples sellos gomígrafos sin revisión previa porque se apuesta a que el otro cumplió con su parte o bien ocurren opiniones encontradas que se enfrentan, provocando dilaciones irritantes. Ciertamente, la rutina y la repetición de actos son el veneno de una cadena cuyos débiles eslabones se encuentran plagados de errores porque, pese a numerosas inspecciones, nadie se percató.

La transparencia no se consigue con las instancias que recorre una solicitud, si quien debe darle seguimiento lo delega en otros, confía demasiado o peor aun, decide intencionalmente dejar pasar. El éxito de toda gestión radica en el factor humano involucrado, no en obstruir al que ha decidido seguir unas reglas de pesaroso cumplimiento; al final, todo se reduce a la idoneidad del funcionario, su visión para resolver, su vocación de servicio y su conocimiento para elegir soluciones prácticas. Las múltiples trabas colocadas en el trayecto para evitar los desvíos se ven luego burlados cuando quien debe acatarlas sabrá cómo eludirlas con vías alternativas y las complicidades adecuadas. La honestidad, la honradez y la seriedad, aunque parezcan en desuso, sobrepasan lo que un formalismo no puede cubrir porque el grito de la conciencia es más alto que lo enrevesado del camino, si de llegar a la meta se trata.

Lo simple no es sinónimo del descuido de la esencia, tampoco del desprecio a la organización, es la confianza de que menos es más y de que el sujeto es superior al objeto. Por tanto, perderse en los vericuetos de las formalidades es como llenar el bosque de árboles que, si bien darán sombra, ocultarán el sol.

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