El conflicto más viejo de la historia

Si a usted le piden mencionar el conflicto que más afecta a la humanidad, es posible que responda el septuagenario conflicto israelí-palestino. Si le preocupan las tensiones entre las naciones por el cada vez más escaso recurso del agua, las cuales se agudizarán con el cambio climático, su respuesta apuntaría al conglomerado de conflictos por el agua, incluyendo el de India y Pakistán luchando por el agua del río Indo; Irak y Turquía enfrentados por el agua del Tigris y el Éufrates; Egipto y Etiopía disputándose el recurso hídrico en la cuenca del Nilo Azul; Bolivia y Chile enfrentados por las aguas del Silala; Zambia, el Congo, Angola, Namibia y Zimbabue luchando por las aguas del río Zambeze; y de nuevo, el enfrentamiento de Israel y Palestina para controlar las fuentes de abastecimiento del río Jordán y los acuíferos de las localidades de Gaza y Cisjordania debido a las escasas precipitaciones en la región.

Alguien podría responder que hay otros conflictos de mayor trascendencia, como por ejemplo, la negativa de Taiwán a reconocer que el precepto “una sola China” es inevitable bajo la concepción “everything under the heavens” que guía, según el profesor de la escuela de periodismo de Columbia, Howard W. French, el avance de la nueva potencia global; la disputa territorial en el Mar del Sur de China; la guerra comercial entre EE.UU. y China en la medida en que esta última acelera el paso para convertirse en la primera potencia económica del mundo; o la incapacidad de la democracia para lidiar con las crecientes tensiones y conflictos sociales que emanan de una clase media inconforme y sin esperanzas y de la población de más bajos ingresos que se rebela frente a la desigualdad de ingreso y de trato.

Si preguntásemos, sin embargo, cuál es el conflicto más viejo que ha enfrentado la humanidad durante la historia, la respuesta es obvia: los consumidores urbanos quejándose por los altos precios mientras los productores rurales protestan por las pérdidas que sufren al vender tan barato. No es por casualidad que la mayoría de los políticos en campaña, con muy raras excepciones, prometen lo imposible: bajarán los precios que pagan los consumidores y elevarán los ingresos de los “hombres del campo” que tienen la responsabilidad de alimentar a la población. Los políticos hacen la promesa, conscientes de que la gente vota por sueños y no por explicaciones racionales sepultureras de esperanzas. En otras palabras, no dudarán un instante pasarle por encima al teorema de la imposibilidad del juego “win-win” para consumidores y productores.
Cuando llegan al poder, los líderes políticos se adentran en el conocimiento de las causas y consecuencias del conflicto y descubren lo difícil que resulta, en un país en vías de desarrollo, garantizar a los consumidores el acceso a los bienes de la canasta básica al precio que ellos desean pagar y, simultáneamente, asegurar a los productores ingresos mayores por la venta de sus productos. En los países desarrollados, la tributación es alta, lo que permite a los gobiernos establecer subsidios a la producción para mantener el conflicto bajo control. Con una presión tributaria cercana al 14% del PIB, al nuestro le resulta prácticamente imposible subsidiar a cientos de miles de productores agropecuarios.

La imposibilidad que enfrenta el Gobierno da lugar a quejas de un lado y protestas por el otro. No hay dudas; la capacidad de protesta de los consumidores urbanos es mayor que la de los productores rurales, generalmente dispersos y sin el acceso que tienen los consumidores urbanos a la prensa, radio, televisión y redes sociales. Exigir a los gobiernos que cumplan lo prometido en campaña, es una tomadura de pelo, más aún, en un país donde quienes más exigen, generalmente, no aparecen en el listado de contribuyentes directos de las oficinas recaudatorias de impuestos.

Es cierto que a través del tiempo los precios que enfrentan los consumidores exhiben una tendencia creciente. Pero es igual de cierto que sus ingresos derivados de sus salarios también han ido aumentando. Calcule el salario mínimo promedio de las pequeñas, medianas y grandes empresas para cada año del período 2011-2021. Luego tome los precios de los 47 alimentos en estado natural e industrializados cuyos precios e índices de precios aparecen en el Boletín Trimestral del Banco Central para el periodo 2011-2021. Finalmente, divida el salario mensual por cada uno de los precios de cada producto y obtendremos la cantidad de cada producto que cada año podía adquirirse con el salario mínimo promedio. Los resultados se presentan en la tabla que acompaña al artículo.

De los 49 productos alimenticios analizados encontramos que, actualmente, con el salario mínimo promedio vigente, podemos comprar más pollo, pan de agua, pan sobado, yuca, ajíes, guineo verde, huevos, auyama, verduras, berenjena, arroz, leche líquida, papa, espagueti, tomates, batata, azúcar blanca refinada, ñame, azúcar morena, avena, ajo, tilapia, leche evaporada, chuleta ahumada, aceite, bacalao, habichuelas pintas secas, jamones, carne corriente de cerdo, queso blanco, cebolla, margarina, carne de gallina, queso cheddar amarillo, leche en polvo, carne de bola, longaniza, salami y salsa de tomate que lo que podíamos comprar con el salario mínimo promedio de hace 10 años a los precios del 2011. En otras palabras, el salario mínimo promedio de hoy rinde más en la compra del 80% de los alimentos que consumen los dominicanos, que lo que rendía el salario mínimo promedio de 2011.

Sólo 10 alimentos, en la actualidad, registran un aumento acumulado en sus precios superiores al registrado por el salario mínimo promedio en los últimos 10 años. Estos son las habichuelas rojas secas, carne molida de res, repollo, guandules verdes, carne corriente de res, yautía, arenque, aguacate, plátano maduro y plátano verde. Cuando el salario mínimo sea ajustado próximamente, solo el aumento acumulado en el precio del aguacate entre 2011 y 2021, posiblemente, quede ligeramente por encima del aumento acumulado en el salario mínimo promedio durante los últimos diez años.

Es cierto que, en el caso de algunos alimentos, los aumentos de precios del último año provocados por el alza súbita de los precios de los “commodities”, insumos y fertilizantes en el mercado mundial, han reducido el poder de compra del salario mínimo promedio con relación al que este exhibía en 2019, como sucede en el caso del pollo, ajíes, guineo verde, huevos, verduras, berenjena, arroz, papa, tomates, batatas, aceites, habichuelas pintas secas, carne corriente de cerdo, margarina, carne de gallina y carne de bola. Sin embargo, no estamos frente a un “supercycle” de los precios de los “commodities”. Todo apunta a que los aumentos serán transitorios. Cuando comiencen a descender, inducirán rebajas en los precios de los alimentos anteriormente mencionados. Una vez entre en vigencia el aumento del salario mínimo, sea este año o a principios de 2022, habremos recuperado la pérdida transitoria de poder adquisitivo del salario mínimo que la pandemia provocó.

Cuando los consumidores urbanos, que al mismo tiempo son trabajadores, empleados, o ejecutivos en sectores económicos diferentes al agropecuario, se alarman porque algunos productos agropecuarios han subido mucho de precio, deben recordar que, en los últimos 10 años, en los sectores que trabajan se han creado 685,615 empleos mientras que, en el sector agropecuario, se han destruido 50,582 empleos. Si nuestros productores agropecuarios estuviesen bañándose en dinero, esto posiblemente no habría sucedido.
Nuestros productores del campo no han hecho voto de pobreza. Así como los trabajadores urbanos reclaman ajustes de salarios para compensar el alza en el costo de la vida y el aumento de su productividad, nuestros productores agropecuarios tienen derecho a recuperar, a través del precio de venta, el aumento en los costos de producción que ha provocado la pandemia, y el beneficio. El momento que vive el país requiere de comprensión, colaboración y cooperación de todos los sectores. Solo así podremos pasar este vendaval y continuar por el sendero de progreso económico y social que escogimos hace 55 años.

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