El entorno

Una vez se haya alcanzado un lugar destacado en que se ocupe una posición de poder, además del logro de haberlo conseguido y el agradecimiento a los que lo hicieron posible, lo importante es saber escoger el equipo que acompañe al líder en la encomienda. Es tener la sabiduría de identificar a colaboradores fieles que lo cuiden como si fuera de la familia, que no lo expongan a malas decisiones y que se enfilen en un objetivo común que le permita crecer, quedar bien y cumplir cabalmente su cometido, mientras permanecen a su lado obrando a su favor, como héroes silentes, pero determinantes en su trayectoria.

Los grandes fracasos colectivos los provoca, no necesariamente el que va delante como la cabeza visible, también los que le rodean que, cual extremidades, son los brazos ejecutores de los proyectos o las piernas que lo conducen a caminar en una buena ruta o caer en el camino a la perdición. Esos que defienden su gestión sin defraudar la confianza depositada en ellos o los que, en su cercanía privilegiada, le sacan provecho y le hacen un daño irreversible. Tras esa firma que aparece en solitario debería existir un entorno que, fuera de los reflectores, haya investigado previamente las consecuencias de esa autorización y dentro del cual no hubiera reservas en advertir las implicaciones de la postura asumida para protegerlo de lo incorrecto.

Entonces, de poco sirve obtener ese sitial que muchos apetecen como director de la orquesta, si algunos miembros desafinan sus instrumentos provocando que la sinfonía desentone o que haya creado tanto ruido que el público se resista a escucharla. Un superior que aspira al éxito de su mandato requiere de: unos ojos que velen por él para detectar las trampas y poder advertirle de los engaños; unos oídos que escuchen cualquier comentario crítico y busquen la verdad, más allá de la superficie; una piel resistente a las contradicciones y tentaciones (aunque no tan sensible como para perderse la veracidad de lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor) y un gusto refinado para identificar entre lo verdadero y lo aparente que pudiera atentar contra sus principios éticos.

Ahora bien, es preciso que el dirigente esté dispuesto a poner sus cinco sentidos en atención para conseguirlo, prescindiendo del anillo adulón y lisonjero que lo sustraiga de lo que ocurre en la realidad o lo mantenga flotando en una nube de ensoñación porque siempre debe tener la convicción de que, mientras más alta sea la elevación, más abrupta la caída ya que el éxito tiene muchos acompañantes, pero el fracaso viene solo.

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