En el ring

Los vínculos jurídicos colocan a cada parte en un extremo desde el que pelean por sus intereses, todo dependerá del lateral de la cuerda en que se encuentren para defender la postura que consideran legítima, mientras se mantienen firmes concentrándose en derribar al contrincante y conseguir que caiga rendido. El término medio en que estén conformes todos los concernidos es prácticamente imposible y, en caso de que así fuere, la ley que así lo intentara estaría condenada al fracaso porque no representaría las aspiraciones de ninguno de ellos, nadie se consideraría representado en ella o, aún peor, fuera tan tibia y aséptica, como ineficaz en su cumplimiento.

Una norma que pretenda satisfacer a todos es tan improbable como que llueva de abajo hacia arriba o que caiga nieve en pleno trópico, siempre habrá el que se sienta afectado, quien tenga que ceder en mérito de los requerimientos del otro o al que le toque inclinarse para servir de apoyo a su contraparte. El derecho propio conlleva la obligación ajena, una fórmula binaria que siempre ha existido en el Derecho desde los albores de la humanidad.

Es inequívoco que el equilibrio anhelado solo puede conseguirse con el esfuerzo recíproco de los dos púgiles para que se mantenga el balance. No hay felicidad completa como tampoco infortunio. El trabajador abogará por sus conquistas y no renunciará a ellas, mientras el empleador busca recobrar terreno en su provecho para preservar su propia realidad en un pulso constante en que se mide resistencia, con propuestas ciertas desde cada esquina, porque ambos tienen sus razones válidas y entienden que es un tema de supervivencia más que de orgullo.

Sin empresa no hay trabajador, pero sin este, la primera no puede sostenerse, son dos caras de una misma moneda que, quiérase o no, son indisolubles y tendrán que convivir juntas porque no pueden subsistir solas, aunque ocupen el lugar del cuadrilátero que le corresponda y lancen sus golpes para ver quién logra aguantar y quedar de pie.

En efecto, la economía requiere de esos dos pilares fundamentales, uno que invierte y produce, mientras el otro colabora en ese cometido porque, bajo cualquier escenario, se apoyan, no pueden funcionar solos y se necesitan mutuamente. Es lo que en la filosofía china llamaban el yin y el yang, dos fuerzas aparentemente opuestas que contrastan, coinciden en espacio en proporciones similares, pero igual, son complementarias al formar parte de un todo de necesidades que exigen plena satisfacción, aunque también sacrificios, en una lucha de poderes en que para que no se suspenda el combate debe procurarse entendimiento, no vencidos ni vencedores, empates o knockout.

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