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“Una de lejos huele el mal” nos dijo la señora mientras esperábamos entrar al recinto carcelario. Tenía unos 80 años. Ella le llevaba algo de comer y una ropita limpia a su hijo; yo estaba en algo propio de mi profesión.

Éramos un grupo pequeño. La hora de entrada, todos sabíamos, dependía del ánimo de quienes decidían, por lo que la paciencia se imponía en el ambiente, sin ceder espacio a quejas. Destaco que el trato del personal siempre fue decente.

Así, por ejemplo, era perder el tiempo reclamarle al “seguridad” que estaba en la puerta que respetara el horario de visitas o de asistencia legal, pues recibía órdenes; o lamentarse de la incomodidad de los que allí estábamos, algunos viniendo desde muy lejos.

Cada cual quería que se conociera su historia, como si fuera un desahogo colectivo, quizás para apaciguar un poco el sol que ardía y derretía la calzada, o tal vez para olvidar el cansancio porque estábamos de pies; además, debíamos evitar cualquier reclamo propio del cuerpo, pues no había baño.

La dama de la frase inicial, en libertad, casi seguro, sufría más que su hijo en prisión. Nos expresó: “Lo aconsejé, le lloré para que dejara eso, pero no me escuchó, está ahí dentro por cabeza dura, por andar con mala compañía, esto me va a volver loca, no compro mis medicinas para traerle lo que pueda, aunque me dicen que eso no es bueno, que mi salud está primero, no aguanto más…”.

Y continuó: “El abogado que busqué me engañó, me quitó dinero y no hizo nada, lo llamo y no responde, desapareció el fatal ese, no le importaron mis canas y el sacrificio que hice para buscarle esos chelitos”.
Yo tragué en seco por lo que aquello representaba en lo humano, lo social y en el ejercicio de mi profesión. Quería anular mis sentidos para alejar el dolor y la impotencia que sentía al escucharla.

Los demás también hablaron, tenían sus versiones, la mayoría desgarradoras. Allí reinó la tristeza, donde parece que solo yo estaba a salvo de la desgracia sanguínea, pues no tenía un familiar entre las rejas.

Quedé impactado por la experiencia vivida. La comparto con la esperanza de que en el futuro inmediato en esos “espacios de espera” se respire dignidad, pues hay cientos de personas todos los días en las afueras de nuestras cárceles haciendo fila para ver y darle lo que se pueda a un ser querido. Su angustia no debe duplicarse. Incluyo a los consejeros legales.

Eso sí, apartando las condiciones inhumanas indicadas, resalto que, ya en el interior, las atenciones de quienes allí trabajaban fueron muy cordiales.

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