Aveces las sociedades avanzan en ciencia y libertades; pero, parecen retroceder en asuntos básicos. Así estamos ahora. Se proclama el progreso, pero se debilitan los pilares culturales que han sostenido a Occidente: la familia como núcleo esencial y, particularmente, la niñez como prioridad.
De eso conversé el domingo con Rosendo Moya, gran abogado y mejor amigo, y pensamos que, desde el Derecho Romano hasta las declaraciones contemporáneas de derechos humanos, la tradición occidental ha colocado a la familia en el centro de la organización social: allí es donde se aprende la norma, los límites, el respeto y la responsabilidad. Además, coincidimos, la cultura no se transmite por mandato normativo ni imposición estatal, sino que se hereda en el hogar.
En esto la ciencia ha sido una aliada, no una enemiga. La biología establece con claridad que la especie humana se estructura en dos sexos definidos por su configuración genética y reproductiva. Y sobre esta constatación se edifican políticas de salud, estadísticas demográficas y regulaciones jurídicas. Ahora se niega aquello con una enorme fuerza, agazapada en “derechos, igualdades y no discriminación”, lo que produce una enorme confusión conceptual. Como dice Moya. cada cual puede ser o verse así mismo como quiera, pero no puede imponer que otros lo vean como algo normal.
Cierto que la convivencia democrática exige trato igualitario y protección frente a la violencia o la discriminación. Pero el respeto ¿obliga a desconocer la evidencia científica ante narrativas subjetivas?
Y, de manera especial nos preocupó que, aunque marginalmente, en ciertos espacios internacionales aún minoritarios, se ha intentado presentar la pedofilia como si fuera una “orientación sexual”. Lo cual es casi una locura pensar. Pues esta conducta implica una relación radicalmente asimétrica, donde el menor carece de madurez psicológica y capacidad jurídica para consentir. Es un delito grave que vulnera la integridad física y emocional del niño.
La niñez no puede ser el laboratorio de experimentos ideológicos, el principio del “interés superior del niño” obliga a colocar su protección por encima de cualquier agenda particular o grupal.
Algunos sostienen que estamos en una nueva edad media. La comparación parece exagerada, pero encierra una advertencia: no se trata de un tiempo sin ciencia, sino de un tiempo donde, a veces, la ciencia es relativizada. El progreso no consiste en negar lo que la evidencia muestra de forma objetiva.
La familia sigue siendo el primer espacio de contención y formación. Debilitarla culturalmente, reducir su función o fragmentar su autoridad moral tendrá consecuencias catastróficas. Las sociedades no colapsan de un día para otro; pero se erosionan lentamente cuando no protegen lo esencial: la familia y, especialmente, la niñez.
Defender la niñez es comprender que los niños no deben ser objeto de redefinición cultural, que son personas en desarrollo que necesitan certezas, referencias y protección reforzada, hasta la madurez.
Debemos recuperar la racionalidad: afirmar lo que la biología demuestra, garantizar la dignidad de todos. Si ese equilibrio se rompe, el costo no lo pagarán las ideologías, sino los más vulnerables.
Debemos proteger a la familia y, especialmente, a los niños.
Rosendo es radical en ello, ahí coincido con él.
