La intervención de 1965 dejó huellas que trascienden lo estrictamente bélico. El “corredor de seguridad”, desde la Embajada hasta el Aeropuerto de las Américas, no fue solo un muro de contención, sino un espacio de convivencia. En sus esquinas, soldados estadounidenses, brasileños, paraguayos y nicaragüenses convivieron con los vecinos, dejando una herencia social y biológica que aún persiste. A diferencia de otros conflictos como Vietnam, aquí el retorno fue posible, muchos soldados regresaron para fundar familias y negocios. Esta dimensión humana demuestra que, a pesar de las órdenes del Hotel Jaragua, en las calles se gestaron vínculos y realidades que la historia oficial suele omitir.
