En los últimos años los dominicanos nos hemos concentrado en dirigir la atención hacia el Oeste de la isla preocupándonos por la entrada en nuestro territorio de los vecinos con quienes compartimos frontera que se nos antoja tan oscura como el color de su piel. Sin embargo, hay una ocupación de otra raza más clara, sigilosa, numerosa, tan misteriosa como su cultura milenaria que, de manera discreta, pero sostenida, ha ido tomándose un espacio cada vez más amplio ante la mirada indiferente de este lado del mapa.
Con su andar sereno, apenas se escuchan y pasan desapercibidos porque socializan entre ellos; como hormiguitas, los orientales se unen, trabajan de manera incansable, sin que se conozca cómo gastan lo que producen porque no se les ve consumiendo en público y mucho menos, provocando algún disturbio o un escándalo. Y mientras, silenciosamente y sin que apenas nos demos cuenta, abren sus negocios por doquier con precios inexplicables y al alcance de todos, ofertando las delicias y gran variedad de su comida por la que son universalmente famosos, levantando tiendas de expendio de toda clase de artículos -entre tintes, relojes, calendarios o electrodomésticos- salones para uñas, lavanderías, ferreterías y hasta moteles. Están en todas partes y, en un abrir y cerrar de ojos (esos rasgados que los caracterizan) se han insertado pacíficamente y sin fanfarria, al nivel que pocas calles existen sin que pueda apreciarse la presencia china.
Con la misma sabiduría de Buda -que se sienta y no se siente- han ido estableciéndose a través de inversiones cuantiosas a las que no ha sido posible resistirse porque de eso se trata la libre empresa. Lenta, pero inexorablemente, han ido instalándose en el comercio en todas sus manifestaciones dejando pocos rubros fuera. Sin duda, llegaron para quedarse con ofertas en que la competencia tradicional no tiene oportunidad porque los precios bajos sirven para extender el presupuesto, aunque la calidad solo alcance hasta llegar al costo y con ese pago no se pueda aspirar a la originalidad. De aquellos famosos de Bonao, a los se les atribuía saberlo todo en primer lugar, se han replicado a lo largo y ancho del país en una invasión sin armas ni estridencia, a la que pocos han hecho caso, pero que se propaga como el bambú y está más presente en nuestro día a día que el mismísimo arroz blanco.
