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En días pasados la perspicaz e inteligente periodista Yanessi Espinal calificaba como centro derecha a los tres eventuales candidatos presidenciales que competirán en las elecciones generales de mayo de 2024.

Para sustentar su opinión la competente periodista alude a que los tres candidatos rechazan o rehúsan identificarse con las políticas a favor del aborto y ni siquiera se atreven a defender que se le autorice en circunstancias excepcionales, como son las tres causales que han sido propuestas en el debate legislativo; mantienen silencio respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo, la ideología de género y el reconocimiento a los derechos fundamentales de la comunidad LGTBI; adoptan posiciones en consonancia con los sectores conservadores del nacionalismo a ultranza en la prédica contra lo que se ha denominado la invasión haitiana al país; y defienden la lectura de la Biblia en las escuelas públicas sin atreverse a identificarse con una política de educación laica.

En su artículo la periodista sigue la corriente actual que clasifica de izquierdas a quienes defienden las mencionadas posiciones y de derechas a quienes las critican. En tiempos pasados fueron otros los parámetros utilizados para identificar a la izquierda y a la derecha. A la primera, pertenecían aquellos que defendían la intervención del Estado en la economía y reclamaban la creación de un estado de bienestar, los que apoyaban las reivindicaciones de los trabajadores, los que demandaban políticas que condujeran a una mayor equidad e inclusión social. A la segunda se adherían los que postulaban una economía sin intervenciones estatales, los que reclamaban la preservación del statu quo y se sentían a gusto con los privilegios de unos cuantos y los que reclamaban bajos impuestos para las grandes empresas.

Esta visión maniqueísta que se tenía de la sociedad fue evolucionando con el devenir de los tiempos, y en Europa las clases desposeídas terminaron por adquirir poder de consumo, los trabajadores dejaron de ser proletarios que solo tenían que perder las cadenas y, en general, las colectividades se hicieron más homogéneas con mayor inclusión y equidad. Lo mismo aconteció en los Estados Unidos en que su vertiginoso crecimiento transformó su clase trabajadora en obreros de cuello blanco con casas propias e hijos que accedían a la universidad y con un conglomerado de ciudadanos blancos con escasas diferencias sociales.

Así las cosas, la izquierda perdió sus banderas de antaño. En lo adelante, ¿cómo diferenciarse de la derecha? La solución que encontró fue la de impulsar un cambio cultural, de romper atavismos de otras épocas, de combatir un modo de vida y de familia heredados de una civilización milenaria. Naturalmente, los sectores conservadores y de derechas se opusieron tajantemente. Por tanto, la diferencia entre izquierda y derecha sobrevivía.

Ahora bien, los países en vías de desarrollo no han alcanzado el grado de integración social de las naciones industrializadas, e incurriría en un error táctico la izquierda latinoamericana si abandonara sus banderas de temas referentes a la justicia social para levantar aquellas que reclaman una nueva cosmovisión de la moral tradicional. La izquierda en América Latina sigue siendo la que reclama una mejor vida para los desheredados de fortuna, la que aboga por servicios públicos eficientes de educación y de salud, la que defiende una seguridad social solidaria, la que reclama políticas de protección social y defiende a los trabajadores, la que lidera y guía una política de modernización, la que lucha por los derechos fundamentales de los ciudadanos y exige que estos sean garantizados por ley ante el Estado y los particulares, el que se esfuerza por lograr el tránsito de un estado liberal a un estado social y democrático.

Desde esta óptica me parece difícil calificar a Leonel Fernández como un hombre de centro derecha. A Tabaré Vásquez, a Lula da Silva y a Rafael Correa nadie les negaría su condición de políticos de izquierda, y todos se han pronunciado en contra del aborto, pero los tres lucharon como presidentes por una sociedad más justa e igualitaria, pusieron en práctica políticas que liberaron de la pobreza a millones de sus conciudadanos.

Leonel Fernández siguió la misma ruta en sus mandatos. Creó el programa Solidaridad para establecer una renta mínima mensual a favor de los hogares pobres; extendió la cobertura del seguro familiar de salud de un seis a un sesenta por ciento de la población; subsidió el precio del gas para cocinar para las personas en condición de pobreza; dispuso una subvención para las empresas de zonas francas de prendas de vestir por cada trabajador que mantuviera su empleo en momentos en que la economía las amenazaba con cerrar sus puertas. Sus políticas sociales redujeron la pobreza y la desocupación y mientras esto sucedía modernizaba los servicios a la ciudadanía y dejaba constituido un nuevo Estado en el cual se garantizaban los derechos fundamentales del ciudadano que, por primera vez en nuestra historia republicana gozaban de la potestad de demandar al Estado.

Su política fue una política progresista, aunque en la actualidad se le quiera demonizar y políticos e intelectuales de tercera intenten negar su legado y ofrecer una versión fraudulenta de la historia. Leonel supo granjearse la confianza de su pueblo y a pesar de las calumnias sigue siendo para el hombre y la mujer de a pie un referente de esperanza.

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