Las fanáticas reacciones a un par de observaciones mías en las redes relacionadas con el uso de tecnología para corregir decisiones de los árbitros en materia de bolas y strikes en el béisbol, revelan una triste realidad. Que la tendencia a rehuir el debate serio y sereno no solo se da en la política. También domina el clima en esa otra gran pasión del pueblo dominicano.
Con muy ligeras opiniones de valor en contra de mis reparos, todo lo que he recibido en las redes han sido denuestos y referencias personales relacionadas en su mayor parte con la profesión que ejerzo y, por supuesto, con la edad. Ningún indicio o invitación a favor de una discusión seria y serena.
La computadora no hará perfecto el béisbol. Y si llegara a lograrlo lo arruinaría. Lo despojaría del factor que lo hace apasionante. Y afectaría la necesaria autoridad que los árbitros necesitan para garantizar la naturaleza humana del deporte.
Admito que podría estar equivocado, y probablemente lo esté. Pero no es eso lo que debería estar en juego, sino la esencia y naturaleza de un deporte que cada vez se rinde al interés mercurial que genera. Una actividad alimentada en algo tan humano como las pasiones, no puede ser reglamentada por una máquina sin sentimientos. Como amante del béisbol prefiero un humano imperfecto rigiendo el juego, que un robot que decida la suerte de un partido.
Nada proyecta mejor la naturaleza del ser nacional como el béisbol y, por supuesto, la política. Y en este caso, como en otras cuestiones del mayor interés nacional, ha faltado gallardía para sentarse dejando a un lado las diferencias. ¿Qué se pierde al tratar de ver en una opinión contraria, un buen punto de discusión que ayude a sacarnos de un error o situarnos en el sendero correcto?
