Es de general aceptación que los excesos son malos en cualquier actividad de la vida humana. Pero cuando incurren en ellos personas llamadas supuestamente a ser entes de moderación, creadores de opinión u orientadores como políticos, maestros y periodistas, se convierten en pecados capitales. Se observa con asombro cómo se pierden los frenos en el ámbito político y en algunos medios de comunicación electrónicos, con gente que no mide el alcance de sus comentarios ni de las obscenidades de todo tipo que vociferan sin el menor recato y con un desprecio absoluto a las buenas costumbres.
La ausencia de moderación observable también en la política, suele llenar de insultos las campañas electorales y los medios tienen la posibilidad de evitarlo. Bastaría la comparación de adversarios con perros realengos, como llegó a escucharse hace años, para denostar al contrario, como prueba del pobre nivel que intenta imponerse. La confrontación ha ocupado el lugar reservado al debate de los asuntos fundamentales.
En lo concerniente a los medios, esta falta de respeto al público se da en igual proporción a la que vemos llegado a ver en el ámbito político, planteando nuevamente el tema de la fijación de los límites de la responsabilidad de la prensa, cuyo debate en mi opinión ha sido irresponsablemente dilatado por los propios medios.
Las palabrotas que se escuchan diariamente en algunos programas de radio, e incluso de televisión, y las acusaciones y menciones peyorativas de personalidades de la vida pública y privada que sin justificación alguna son citadas con una frecuencia pasmosa, violando el derecho a la privacidad, desbordan los límites. La búsqueda de popularidad y audiencia está dejando atrás en esos medios atrás la responsabilidad que el uso de un micrófono y un espacio televisivo exigen.
Si agregamos a ello los improperios que a diario suplantan la discusión de los temas básicos de la nación, tenemos que concluir necesariamente que se trata de un mal camino.
