Hugo Chávez no era un hombre de buenos modales. Ni dio nunca señales de ecuanimidad. Sus referencias ofensivas contra otros jefes de Estado y gobernantes extranjeros, traspasaban todos los límites, lo que sólo le era permitido por la enorme riqueza petrolera que manejaba como un patrimonio personal. Riqueza con la cual tenía en sus manos a muchos líderes latinoamericanos, temerosos de represalias económicas relacionadas con Petrocaribe y otros acuerdos regionales auspiciados por él.
Algunas de sus teatrales actuaciones dejaban pasmada a la comunidad internacional. Una de sus mejores interpretaciones se dio en ocasión de la toma de posesión de su colega nicaragüense Daniel Ortega. Los sandinistas tuvieron que dilatar el inicio de la ceremonia de traspaso de mando a la espera de Chávez, quien la mañana de ese día había roto un record con una perorata de más de tres horas en su juramentación en Caracas como presidente reelecto.
Una vez en Managua, vistiendo una camisa de color rojo intenso, en un acto desprovisto de rigor protocolar, Chávez se destapó con un discurso lleno de sus habituales ataques a Estados Unidos, al que siguió una intervención de Evo Morales, de Bolivia, quien la coronó con el grito de “¡Abajo el imperialismo!”, todo esto antes de que Ortega dijera su discurso.
De la actividad, realizada en una plaza, Ortega los invitó a ambos mencionándolos por sus nombres para que lo acompañaran a una concentración popular pidiendo a los demás presidentes invitados a la ceremonia que quisieran acompañarles a seguirles. Un llamado que por supuesto ningún otro aceptó. Si los años de oposición moderaron al líder sandinista resultó imposible advertirlo el día de su regreso al poder.
