Cuando estalló la crisis financiera del 2008, el entonces presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, les habló a sus compatriotas para informarles de la gravedad de la situación. La lectura de ese hermoso y emotivo discurso de sinceridad me dejó gratamente impresionado. Era el texto de un gran estadista y un ejemplo de honestidad política y de transparencia gubernamental.
Sarkozy comenzó detallando el significado de la crisis y el impacto de ella en Francia, diciéndoles claramente a los franceses las repercusiones sin medias tintas. Advirtió que el miedo es la principal amenaza para la economía y que vencerlo era una de las labores más urgentes que tenían ante la crisis. El miedo, enfatizó, “no se vencerá, no se restablecerá la confianza con mentiras, sino diciendo la verdad”.
Como los franceses querían saber la verdad, sabía que estaban “dispuestos a escucharla”. Y a continuación dijo lo siguiente: Si sienten que se les esconde algo, la duda crecerá. Si están convencidos de que no se les oculta nada, hallarán en ellos mismos la fuerza para superar la crisis.
Decirles la verdad a los franceses era decirles que la crisis no había terminado, que sus consecuencias serían duraderas, porque Francia estaba demasiado implicada en la economía mundial como para pensar siquiera un instante que pudiera estar protegida contra los acontecimientos que, ni más ni menos, desequilibraban el mundo.
Decirles la verdad era que la crisis tendría consecuencias en el crecimiento, en el desempleo, en el poder adquisitivo durante los próximos meses. Decirles la verdad era mostrarles, en primer lugar, los efectos de la crisis financiera. La República Dominicana dista mucho de ser Francia, e históricamente nuestros líderes han pretendido que ocultándole la verdad a la nación es suficiente para superarla.
