A pesar de la crispación existente en el ambiente político, es notable observar entre los partidos con oportunidades electorales tantas coincidencias como discrepancias los separan. Las diferencias de hecho son de forma. En el fondo todos ellos parecen marchar en una misma dirección. Cuando digo esto no pretendo en modo alguno enfadarlos, si bien admito que nada puede parecerles más ofensivo a cada uno de ellos como este tipo de comparaciones.
El caso, para suerte nuestra, es que por lo menos en apariencia sus rivalidades no trascienden el límite de la racionalidad y a despecho de cuanto afán ponen a la hora de insultarse, en el fondo permanecen siendo, si no compadres, algo muy frecuente entre dominicanos, por lo menos amigos o conocidos con quienes pueden compartir ideas y tragos en cualquiera casa de un tercero o en alguna que otra embajada conocida.
Si algo hemos aprendido a lo largo de estos sesenta años de transición hacia la democracia desde el fin de la tiranía, es que el parlamento es preferible a la confrontación. De la primera suelen surgir acuerdos y hasta las consabidas componendas características del peculiar estilo nacional de hacer política. De la segunda sólo dificultades.
De suerte que, a despecho de cuan inclinados parecemos a veces a pelearnos por cualquier cosa, la oportunidad de resolver los conflictos de manera sosegada y discutida, nos ha librado de muchos pesares y dolores de cabeza. En cada periodo electoral, los desacuerdos parecen desmentirme. Parecen tan dispuestos a atacarse que parecería que estuviéramos en los albores de una gran catástrofe política. Pero apuesto a que nada grave sucederá en el próximo. Como no ha sucedido en los anteriores. Como dijera Jorge Luis Borges una vez de los peronistas, los políticos dominicanos “no son buenos ni no son malos, sino incorregibles”.
