Un elemento interesante de las campañas electorales, y faltan dos años y meses para la próxima, es la imagen que los candidatos proyectan de sí mismos. Los afiches de propaganda se ilustran con sus rostros excesivamente maquillados para aparentar menos edad de la que tienen. Circuló una vez un chiste. Una señora salió de una actividad de un partido frustrada por no haber logrado su propósito de conocer al candidato. Cuando le expresó su queja al líder del barrio, éste le respondió: “Pero doña, fue el que habló durante esa media hora”.
En una campaña hace años, la efigie del presidente y aspirante a la nominación por el partido oficialista puesta en vallas promocionales, no se parecía al mismo que tenía su asiento en el Palacio. No era el del hombre ya maduro, con canas nacientes y años de experiencia en asuntos de Estado. Más bien parecía un aspirante a la presidencia del Colegio de Abogados o la rectoría de la universidad estatal. Un joven con una sonrisa tímida, tal vez producto de los temores naturales de todo aquel que desconoce los secretos y peligros de la difícil posición que busca.
¿Por qué los asesores despojan en muchos casos de su activo principal que es la experiencia acumulada al través del ejercicio presidencial o profesional?
La proyección de imágenes que no se corresponden con las reales figuras de los candidatos no es un aporte real a sus campañas. Por el contrario, la desnaturalizan y puede crear confusión en los electores. Muchos asesores piensan erróneamente que la imagen es cuestión de apariencia física.
El próximo presidente no lo será porque tenga un bigote bien alisado o un peinado de salón. Será aquel que logre ganarse la confianza de una sociedad hastiada de promesas que pocas veces se cumplen. El país votará en el 2028 por aquel que proyecte más credibilidad, no por el más atractivo, En definitiva, al igual que el autor de esta columna, ninguno de los que ya aspiran es bien parecido.
