Cuando se anunció la muerte del tenor italiano Carlos Bergonzi, a los 90 años, recordé la de Yma Súmac, una de las voces femeninas más prodigiosas que jamás haya existido, ocurrida en 2008. Tenía 86 años y se dice que al morir aún su voz se asemejaba al sonido de un arpa, cuando subía a escalas que pocas pueden alcanzar.
Su carrera no se desarrolló únicamente en el campo clásico, donde incursionó con éxito en diversos géneros populares. Sus agudos eran de una extraordinaria belleza que alcanzaba las cinco octavas, desde cuyas alturas podía pasar a registros graves con enorme facilidad y rapidez. Dominó como pocas la técnica de la coloratura, que le permitía sucesiones de notas rápidas, y extendió así una misma vocal a varias notas sucesivas. Una poco común condición requerida en las óperas de Bellini, como es el caso de Norma y La Puritana; Rossini, en El Barbero de Sevilla, Una italiana en Argel y La cenicienta; y con Donizetti, en Elixir de Amor y La hija del regimiento, entre otras.
De origen peruano, vivió mayormente en Los Ángeles, donde murió de cáncer de colon. Su carrera se inició en la adolescencia y muchos dominicanos de mi generación la recuerdan con nostalgia porque vino en más de una oportunidad al país, en ocasión de los célebres aniversarios de La Voz Dominicana, la emisora de Petán Trujillo, el patán hermano del dictador que hizo de la radio y la televisión un feudo personal. La noticia de su fallecimiento hace años me remontó a aquellos lejanos días que la escuché cantar por primera vez, creando en mí una fuerte y agradable impresión que no he superado e influyó después poderosamente en mis inclinaciones musicales. “El cóndor pasa”, en su voz, fue una experiencia musical inolvidable. El dulce color de su lirismo dejó en miles de amantes de su voz un recuerdo imperecedero. Con su muerte desapareció una de las altas figuras femeninas del canto lírico y popular.
