Los cambios en un futuro inevitable

Durante el gobierno de Deng Xiaoping, tras la muerte de Mao, los chinos admitieron que una doctrina como el marxismo, enunciada a mediados del siglo diecinueve no podía tener respuestas reales a los problemas de la China de finales del siglo veinte.

El resultado de ese brillante descubrimiento fue una reforma radical en el manejo de la economía, que ha hecho de ese inmenso país un coloso mundial con perspectivas de transformarse en el futuro en una superpotencia hegemónica comercial y militar.

Lo mismo sucederá con las Naciones Unidas. Los problemas actuales son totalmente diferentes a los que motivaron después de la Segunda Guerra Mundial el surgimiento del organismo. La ONU tendrá que readecuarse a las transformaciones ocurridas en el mundo desde su creación en la conferencia de San Francisco.

No se trata de cuestionar el encomiable papel y la humanitaria tarea que las Naciones Unidas realizan. El aspecto que la hace inoperante se relaciona con el equilibrio del poder que su misma composición entraña. Por ejemplo, el funcionamiento del Consejo de Seguridad, en el que los cinco miembros permanentes—Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China-, tienen la potestad de impedir cualquier resolución adoptada por mayoría de votos, con sólo ejercer un derecho al veto, lo que pone en entredicho su trascendente papel de árbitro.

No hay dudas de que los últimos conflictos plantean la urgente tarea de modificar algunos de los fundamentos que dieron nacimiento a las Naciones Unidas. A menos que ello ocurra, el organismo seguirá siendo visto en muchos países como una institución cada vez más incapaz de resolver por vía del diálogo y la negociación los conflictos entre los estados. Sin embargo, habrá que tener siempre en cuenta que, al igual que otros organismos internacionales, la ONU siempre ha sido lo que la mayoría de sus miembros ha querido que sea.

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