La ropa habla

El vestido escogido por la nueva presidenta venezolana para su juramentación ha sido criticado por su precio, considerándolo inoportuno en medio de la crisis económica de su país. Si bien el interés periodístico nunca ha investigado el costo de los trajes masculinos, cada vez es más frecuente que la ropa exhibida envíe un mensaje de ostentación, sencillez o descuido que se atribuye a la personalidad del portador. Más allá del lenguaje corporal, la indumentaria representa el reflejo del pensamiento, preferencias y hasta la actitud de quien la lleva, y transmite un mensaje de su personalidad mediante la interpretación de las piezas de su guardarropa.

Tal es el caso de la reina española que ha sido elogiada por su consabida elegancia, pero además, por su capacidad de reciclar vestuario cuando participa en eventos en los que frecuentemente los repite con gran acierto, prefiere diseñadores nacionales y cuando visita otros Estados, agrega algún elemento simbólico para agradar a sus anfitriones. Solo con la ropa quiere expresar austeridad, sencillez y mesura en un país en que muchos critican los excesos de la monarquía.

Haciendo abstracción de las repercusiones de propiedad intelectual, se ha observado cómo un abrigo gris de una reconocida marca norteamericana mostrado por un presidente desarraigado proyecta, lejos de la comodidad, sumisión al poder que lo sustrajo del cargo. Antes, se vio a un narcotraficante fotografiado en su detención con una camiseta de un famoso logo de ropa deportiva que dio la vuelta al mundo, lo que afectó notoriamente la reputación de esa marca de prestigio por exhibirla un transgresor de la ley penal.

Se han realizado varios experimentos sociales en que personas acaudaladas se visten de manera sencilla y son tratadas con el desprecio que el receptor concibe por tales fachas, a la vez que hemos tenido presidentes que se expresan con sus elecciones al vestir, desde la sencillez y practicidad del que hizo de las chacabanas su forma de expresión, los jaques y lentes Cartier de otro al que su círculo cercano imitó, la formalidad del que, aun sin ser mandatario, no se ha despojado de la corbata, hasta el actual que prescinde de ella demostrando ser un hombre práctico y de trabajo que no se detiene en esos detalles de elegancia masculina.

En el ámbito internacional no lo es menos, con Zelenski en uniforme oscuro para mostrar un país en guerra, Trump con la sempiterna corbata del rojo característico de su partido o Sheinbaum prefiriendo las artesanías mexicanas que demuestran orgullo de sus orígenes. Por tanto, el hábito no hace el monje, pero lo proclama y a veces, es más elocuente el vestuario que el más fogoso de los discursos.

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