La soledad del poder

Dice la canción de José José que el amor acaba y a eso se agregaría… y el poder también. Y lo que eran cintas blancas – para el caso, tricolores de las inauguraciones- se vuelven cadenas que arrastran al incumbente por los errores propios y ajenos porque un general debe responder por su tropa.

Como por arte de magia, desaparecen las invitaciones, los adulones y los compañeros de temporada. Asimismo, los regalos sin que hubiese otro motivo que la lisonja y las canastas de navidad se evaporan, como alcohol en un envase destapado. Toca volver a la historia personal que se interrumpió con la irrupción del cargo, a los amigos verdaderos (si es que se conservaron y no se les ignoró por el deslumbramiento de las candilejas del puesto), a los familiares (algunos disgustados porque no se les montó en la carroza del triunfo o, peor aún, causantes de que se le bajara abruptamente de ella), a los amores y caminos firmes (cuando muchas veces se desvió en rutas alternas que costaron muy caras, cuyo rompimiento fue automático, sin siquiera drama porque, agotado el combustible, el auto se detuvo).

Si tiene la suerte de haber conservado su negocio particular en manos confiables y con gente capacitada (siempre que no se contaminara con las tratativas del puesto) volverá justo donde lo dejó -aunque desfasado y un poco desubicado- como si no hubiera pasado nada y todo fuera una pesadilla de la que se despertó a tiempo. Si, en cambio, lanzó todo por la borda en aras de una gestión que llegó a su fin, le toca la tortuosa tarea de empezar de nuevo, curriculum en mano, pero ahora sin contactos ni prebendas porque su condición de ex algo pesa más que una loza de granito.

Entonces, brotan a borbotones los arrepentimientos de haber aceptado incursionar en un puesto público cuando tanta gente le advirtió que no lo hiciera, que las amarguras serían mayores que las satisfacciones, que se quedara tranquilo en el anonimato. Pero no, su vanidad y el vano sueño de que las cosas con él serian diferentes fueron más fuertes que la prudencia y hoy le toca el aguantar la frase lapidaria del “te lo dije”.

Le corresponde ahora sufrir los vendavales fríos de la soledad, el anonimato en que los antiguos colegas fingen no conocerlo, los saludos que no llegarán, las sonrisas que se esfumaron porque eran para el funcionario, no para él. Solo le queda la lección de la maestra vida aprendida a fuerza de reglazos y la resignación de que en lo adelante estará más solo que el sol, pero ahora, sin brillo y sin calor.

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