Leonel, Raquel, Yayo, Carolina en la Feria del Libro.

Este año la Feria Internacional del Libro 2025 tuvo, como siempre, su bullicio, sus stands repletos, y ese aire de entusiasmo que solo los libros pueden provocar. Caminé varias veces por la feria durante los días del evento, observando, escuchando, intentando medir el pulso cultural del país. En todo ese recorrido solo vi a tres figuras políticas: Yayo Sanz Lovatón, Carolina Mejía y, la última noche, al expresidente Leonel Fernández. Tres presencias entre miles de visitantes. Pocas, si se piensa en lo que este evento representa.

Me detuve especialmente en la imagen de Leonel aquella noche final. Caminaba tranquilo, sin el ruido del protocolo, hojeando libros, escogiendo títulos. Esa escena —un político actuando simplemente como lector— me pareció más elocuente que cualquier discurso. Leer es un gesto íntimo, pero también un acto público cuando proviene de alguien que ha ejercido poder. Es decirle al país: la lectura importa.

Y, sin embargo, qué raro es ver a nuestros dirigentes entre los pasillos de una feria del libro. La mayoría parece olvidar que gobernar también implica leer: entender al otro, imaginar un país distinto, dialogar con las ideas. Por eso valoro el gesto de quienes se acercaron, y en especial las palabras de la vicepresidenta Raquel Peña en la inauguración, cuando habló de libros con convicción, no como adorno, sino como parte esencial de la vida nacional. Fue una excepción luminosa en medio de la rutina política.

Cuánto bien haría un verdadero pacto de los políticos por la educación y la cultura: bibliotecas públicas en cada provincia, una red nacional de lectura, y una política que apoye a los escritores dominicanos contemporáneos, muchos de los cuales sobreviven con dificultad mientras el Estado sigue comprando los mismos libros de siempre, los que ya nadie lee.

Ver a un expresidente, una alcaldesa, un director de aduana pasearse entre libros no es una anécdota trivial. Es un símbolo. Porque un país que ve a sus líderes leer, empieza a creer que pensar también tiene valor. Y quizás, solo quizás, de ahí nazca la esperanza de una República que se mire en sus páginas para entenderse mejor.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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