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La reunión del Shanghai Cooperation Council (SCO) pareció mostrar los límites que a través de “preguntas y preocupaciones” el liderazgo chino habría expuesto a Vladimir Putin por el desordenado estado del avance de la guerra en Ucrania, al acercarse el séptimo mes desde el inicio del conflicto.

La cumbre en Samarkanda ofreció una postal distante de la que pudo colectar el líder ruso hace tan solo siete meses. Cuando apenas semanas antes de la invasión, en ocasión de la apertura de los Juegos Olímpicos de Beijing, Putin fue bendecido al firmar junto a Xi Jinping una “alianza sin límites” entre los dos gigantes.

Un acuerdo que implica una verdadera anomalía histórica entre dos potencias que tradicionalmente han mantenido relaciones de enemistad durante siglos. Y que se han unido en los tres últimos lustros a partir de su cuestionamiento al orden global con eje en los Estados Unidos, que surgió al término de la Guerra Fría.

Pero el errático desarrollo de la guerra ofreció un panorama distinto al imaginado por propios y ajenos. Al punto de que la excesiva cercanía con Putin podría significar para China un costo mayor que un activo. De acuerdo con un informe de Bloomberg, desde la invasión a Ucrania, China se encontró en la incómoda situación de tener que equilibrar su alineamiento ideológico con Moscú con un acto de agresión que viola uno de los ejes fundamentales de la diplomacia china consistentes en la observación estricta de los principios de respeto de la integridad territorial y la no interferencia.

Observadores indicaron que el excesivo endoso otorgado a su par ruso podría convertirse en una circunstancia perturbadora cuando Xi enfrenta una prueba crucial de su liderazgo de cara al XX Congreso del PCCH. Un cónclave en el que tiene como meta conseguir un tercer mandato sin precedentes al frente de la República Popular.

A su vez, la debilidad de quien es su principal aliado en el mundo encuentra a los jerarcas del Politburó frente a la revigorización de la alianza occidental. Acaso como fruto de un error de cálculo que terminó reviviendo a una OTAN que parecía carente de misión y sentido.

Mientras, la debilidad de Rusia podría estar fomentando peligrosas situaciones de inestabilidad en complejas geografías, como hemos visto en la siempre envenenada región del Cáucaso. Es en este punto cuando algunas observaciones indican que -mostrando una vez más su dificultad para comprender el sentido de la proporción- el liderazgo ruso podría haberse sobregirado, en un extremo que podría haber arrastrado a sus socios a un peligroso escenario.

Un memorioso recordó que después del colapso soviético, Putin pudo haber inspirado su actuación basándose en el ejemplo histórico del príncipe de Gorchakov, ministro de relaciones exteriores del Imperio Ruso en la segunda mitad del siglo XIX, quien después de la derrota en la Guerra de Crimea sostuvo en su legendaria circular que Rusia no estaba de mal humor, sino que se estaba recomponiendo.

En ese sentido, el liderazgo de Putin en su capacidad de regenerar y revivir la dignidad nacional de su pueblo pudo haber resultado proverbial para una Rusia que hace tan solo treinta años experimentó un traumático cambio de estatus internacional. Al ver cómo -de la noche a la mañana- perdió gran parte de su población, una enorme fracción de su territorio y su condición de superpotencia rival de los Estados Unidos.

Pero, como bien recordó Ricardo Auer en estas mismas columnas, Rusia nunca es tan fuerte como aparenta ni tan débil como parece. Mientras, su historia puede resumirse como una constante búsqueda de seguridad y reconocimiento, la que en buena medida es una expresión de la extensión de su inseguridad y sus sentimientos de atraso frente a Occidente, fuente simultánea de admiración y desprecio.

La ola de condena internacional frente a su desafío del orden y el derecho internacional a partir del 24 de febrero podría ser la antesala de un nuevo capítulo en el que Occidente intente marginarla del sistema de relaciones entre las naciones, con el peligroso corolario de incentivar sus peores instintos de aislamiento y resentimiento.

El influyente analista Gideon Rachman escribió en su columna en el Financial Times que una Rusia debilitada podría dejar de ser una socia de utilidad para China. Y que la peor pesadilla para Beijing podría ser la perspectiva de una caída de Putin y su reemplazo por un gobierno pro-occidental, una posibilidad poco probable pero no enteramente imposible.

Otros observadores, en cambio, indican que una Rusia frágil y económicamente dependiente podría consolidar a China en su pretensión de rivalizar con los Estados Unidos en la conformación de un orden global con tendencia a una nueva bipolaridad, esta vez protagonizada por Washington y Beijing.

Un escenario naturalmente inquietante para los seguidores de la escuela realista dentro del establishment norteamericano. Los que quisieran ver algún tipo de entendimiento con Moscú a los efectos de contrarrestar los efectos de la elevación de Beijing, la verdadera potencia en ascenso del Siglo XXI. De pronto, nostálgicos de la era de la Détente, la que hace cincuenta años impulsaran Nixon y Kissinger. A partir del entendimiento de que los intereses de los EEUU estarían mejor atendidos estableciendo con Moscú y Beijing una mejor relación que la que éstas tuvieran entre sí.

Otros tramos de la cumbre ofrecieron un mejor clima para el liderazgo ruso. Previsiblemente, Xi reiteró su postura central de rechazo a las formas del intento de dominio global occidental liderado por los EEUU cuando advirtió sobre la posibilidad del surgimiento de “revoluciones de color”.

En ese plano, de acuerdo con Evan A. Feigenbaum, del Carnegie Endowment for International Peace, una adecuada lectura no puede olvidar que China tiene sus propios intereses y que su actuación no debe ser interpretada como un “proxy” de los de Moscú. En ese sentido, recordó la asimetría existente entre China y Rusia en materia de poderío económico y afirmó que Beijing buscará preservar su entente con Rusia en el plano estratégico, a los efectos de contrabalancear el poder norteamericano, pero intentará hacerlo sin tener que respaldar a Moscú en el plano táctico.

Algunas de estas ideas pueden ayudar a leer las declaraciones y los trascendidos de la relevante cumbre de Samarkanda, la que reunió a dos de las tres primeras potencias del mundo actual. Una realidad frente a la que tal vez conviene interpretar los conceptos del líder chino con arreglo a los objetivos de largo plazo trazados por los dirigentes de la República Popular. Los que se ven a sí mismos como recipiendarios de un mandato milenario de “rejuvenecer” a la nación china después del largo siglo de humillación iniciado en las guerras del Opio, para volver colocar a su país en la primera línea de los acontecimientos globales.

Por: Mariano A. Caucino, especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.

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