Los hijos no vienen con un manual bajo el brazo que contenga las indicaciones para su funcionamiento. Son una maquinaria compleja compuesta por muchas piezas que no siempre van a encajar bajo el imperio de la lógica. Se aprende a ser padres siéndolo, no se pueden anticipar los resultados, más bien, apostar a la práctica de ensayo-error y rogar para ir encontrando técnicas con los mejores resultados, entre la línea delgada de corrección y permisividad, castigo y clemencia, dulzura y disciplina.
Y es que la paternidad no se estudia en institutos ni se aprende en universidades, en un reconocimiento que pudiera nunca llegar porque la carrera es interminable y siempre habrá asignaturas aprobadas y otras que tendrían que repetirse, a la vez que un rumbo que se cambia constantemente porque una crianza no está exenta de la influencia del entorno; hasta un extraño en un solo instante puede incidir en una decisión, a pesar de toda una vida de advertencias.
De nada valen las referencias de lo antes vivido cuando tocó ser hijo porque, a situaciones distintas, no pueden aplicárseles los mismos viejos esquemas. Sin embargo, aun distanciándose de los parámetros impuestos, luego se comprueba que eran preferibles debido a que los valores son atemporales y el tiempo ayuda a comprender que esas exigencias antes odiosas eran necesarias cuando toca ser padres.
Los consejos ajenos caen en saco roto porque la fórmula correcta de cada familia solo la sabe el que la integre, de acuerdo con sus propias circunstancias y moldes preestablecidos de nuestros ancestros poco comprensibles para los demás. No hay instrucción precisa que se ajuste a la generalidad de los involucrados, cada núcleo familiar es un microcosmo con sus propias normas de gobierno en el que el extraño no debería juzgar.
Esa hoja de ruta seguida para lidiar con el primer hijo queda obsoleta para el segundo que viene en una versión moderna, renovada y original con otras necesidades que exigen creatividad y otros métodos totalmente distintos al del antecesor. Las enseñanzas recién aprendidas con el primogénito devienen en inaplicables, en vista de que, lo que en una ocasión resultó efectivo, se vuelve inútil años después.
Pero, resulta que el mismo actor va perdiendo el ímpetu de la novedad propia del primerizo, se hace más práctico y hasta más relajado porque deja que la naturaleza siga su curso sin los aspavientos de lo imprevisto ni la competencia consigo mismo de ser el superhéroe. Nadie sabe de las luchas internas de cada hogar ni lo que ocurre de las puertas hacia dentro, por eso, no hay mejor teórico de un oficio que el que nunca lo ha ejercido.
