Dominicana

Hace unos días, una persona, en un centro comercial me preguntó que de dónde yo era.

La joven me dijo que por mi color de piel y mi cabello oscuro parecía del alguna región centro o suramericana, pero que al escucharme hablar, sobre todo, de forma molesta, como lo estaba en ese momento, yo tenía que ser dominicana.

Le pregunté cómo lo sabía, y ella me contestó que: “ustedes los dominicanos tienen un acento muy particular”. Ya otras personas me han hecho la misma observación.

Unos resaltan la fuerza que le imprimen algunos compatriotas a la letra L, cuando hablan. Lo que a decir de los cibaeños, es característico de los nacidos o criados en la capital, y más propiamente de los nativos de la región Este.

Y ni hablar de la i de la región Norte.

Como en otras tantas veces, que me han referido sobre el dichoso acento dominicano, lo he discutido y también, como le respondo a todo el que me pregunta, le dije: “yo soy dominicana, de la tierra del Merengue”.

Nací en el país colocado en el mismo trayecto del sol, en el que vio la luz don Pedro Mir, en el mismo territorio que inspiró a don Manuel del Cabral.

Yo soy dominicana, donde la bachata tiene color rosa y de cuando en vez, la gente mira al cielo, a ver si ya comenzó a llover café.
Nací en la cuna de América y me siento orgullosa.

Me emociona cuando escucho los logros de mis compatriotas, celebro las hazañas de nuestros deportistas, siento como míos cada uno de los reconocimientos y premios que gana con su esfuerzo un dominicano.

Como todo pueblo tenemos nuestras virtudes y también nuestros defectos y como todo ser humano a veces tenemos que estar lejos para saber cuánto amamos ese pedazo de tierra en que nos tocó nacer.

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