Un Dios con limitaciones

Él es importante. Muy importante. Sin él, la vida sería imposible. Es literalmente un Dios, pero uno, con poderes limitados. Como está consciente de su valor, todos pueden contar con su presencia, claro, esta varía con cada persona.
Con unos, solo se ofrece lo escasamente necesario, a otros se da por entero y sin reservas. Muchos están tan acostumbrados a tenerlo, como otros anhelan un contacto un poco más prolongado. Una permanencia más duradera.

Su valor ha ido desplazando todo lo que alguna vez se consideró realmente valioso. El afán de muchos por conseguirlo ha sido responsable de la pérdida de aquellos valores que hacían posible vivir con digna, ha destrozado por completo la posibilidad de avanzar hacia una sociedad conformada por personas integras, con una clara visión de lo que realmente es valioso, seguras de lo que significa la riqueza y dónde radica la verdadera belleza.

A este punto, imagino que ya he dejado muy claro que ese Dios con poderes limitados al que hago alusión en este escrito, es el dinero y como las tradicionales, esta “religión”, tiene sus cánones. Quien lo posee tendrá el poder.

Gracias a él, no habrá cosa vendible o comprable que una persona con dinero no pueda conseguir. Ni existen puertas cerradas para quien puede pagar.

Es verdad. Muchos están seguros de que con dinero se puede todo. Nada es imposible. Es así como las personas pagan para detener o revertir los efectos del paso de los años en la piel, pero no existe una suma para detener esos efectos en el alma.

Compran títulos universitarios para ellos y para sus hijos, pero no existe una tienda que venda inteligencia.

Hay quienes compran una esposa pero jamás conocen el amor.
Su Dios le da para tener una cama con sábanas de seda, pero esa no es garantía de que tendrá lindos sueños.

La lista de posesiones que el dinero puede ofrecer, es interminable, así de interminable también es lo que no nos puede dar.

Y es que el valor del amor, la salud, la educación, la lealtad, la vida, el beso y abrazo que se dan y se reciben porque nacen del alma, la paz y tranquilidad de vivir, de ir y venir, de hacer y decir lo que queremos cuando queremos, tienen un precio que va más allá y no se puede comprar ni con todo el oro del mundo.

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