Para que el mundo mire

Minou Tavárez habla durante el acto en París, en honor a las Hermanas Mirabal.

Las palabras son como los dientes en una lucha.

Van erupcionando desde las encías y luego, de uno en uno, no sin dolor, no sin sorpresas, llegan a convertirse en herramientas sumamente eficaces y poderosas.

Cuando la lucha de la mujer, estaba aún en las encías, es decir, cuando apenas empezábamos a comprender que esta civilización patriarcal nos había deshumanizado hasta invisibilizarnos y sacarnos de la historia del Planeta; cuando todavía no usábamos las palabras feminismo, misoginia, crimen de género, violencia sexista, abuso contra la mujer, y otras poderosas herramientas lingüísticas con que pensar, analizar e intentar cambiar la realidad; cuando el desarrollo de las TIC’s no había intervenido en la disolución de las fronteras espacio-tiempo-culturales de nuestra civilización; cuando bajo todos estos tejidos se engendraban nuestras batallas, Minerva Mirabal le contestaba a su madre -al sentirla preocupada porque la asesinaran si seguía conspirando contra el tirano de entonces de nuestro país - “si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”.

Algunas semanas antes, desde el mismo horror de la cárcel, le había escrito a mi abuela y a mis tías Patria y Dedé una carta dándoles ánimo, contándoles como estaban: “Solo tristes pensando en la mortificación de ustedes y en nuestros hijos, aunque sabemos que están bien cuidados”. Luego pedía yeso para esculpir, de memoria, un busto mío que hoy se exhibe en la Casa Museo Hermanas Mirabal. El mensaje que rescato de esa correspondencia es el del amor por la humanidad. Por esa enorme fe en lo mejor de los humanos y las humanas que reflejan esas cartas estamos aquí, en esta Ciudad Luz que ha acogido a su vez tantas luchas, recordándolas y convocándolas para que sigan inspirándonos.

¿Cómo supo una chica de un pueblito curiosamente llamado Ojo de Agua -un puntito en el trayecto del sol por el Mar Caribe- que si finalmente le arrancaban su verticalidad, si la obligaban a renunciar a ser ella, a estar de pie, erguida, a pedir perdón por lo que pensaba, ¿cómo supo, me pregunto, que así también podía lograr que el mundo entero desviara la mirada y reconociera su lucha, que el mundo entero desviara la mirada hacia abajo… y la viera?

Justo lo que pasó. Desde una lucha que no existía del todo aun, Patria Mercedes, María Teresa y Minerva Mirabal, hijas, esposas, madres, tías, artesanas, profesionales y, sobre todo, tres mujeres caribeñas de un pueblo en la Región del Cibao de la República Dominicana -ese paisito que comparte una isla con la Republica de Haití-, se las agenciaron para desafiar las fronteras que imponían lo local, su condición de mujeres en medio de la represión de una dictadura tan machista como son todas las dictaduras, así como las fronteras de la época, del aislamiento y de la lejanía. ¿Cómo? Pues actuando cotidianamente como si El Vivir tuviera que responder a la pregunta de qué es la vida… y de cómo puede la vida ser justa, para todas, para todos. Ante la falta de justicia escogieron dar la batalla política, ante la falta de libertad escogieron ser artistas, es decir, crear aquello que no existía todavía.

Hoy, así las veo aquí, justo en este muro, las tres, en una placa. Así las ha querido París para que quien pase las mire, con su indómito compromiso político, con su ciudadanía ya universal y con sus sonrisas en mármol recordándonos que existe todavía una brecha muy grande entre los derechos de las mujeres y los hombres, entre pobres y ricos, entre los que tienen casa y los que no la tienen, entre los que pueden amar libremente y los que deben dar explicaciones para hacerlo, entre los que se disputan un territorio y los que no tienen ninguno, entre refugiados y anfitriones, entre privilegiados y sin privilegios de ningún tipo, entre la Madre Tierra y el sistema económico imperante en la mayoría de los países de nuestro planeta.

Desde el brutal asesinato de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal el 25 de noviembre de 1960 hay mucha conversación pendiente, muchos puentes abiertos ya y demasiados otros por construir, mucho por mirar hacia abajo, hacia las y los históricamente privados de libertades, hacia aquellos a los que, de mil maneras, un día tras otro, se les descarta, se les ignora, se les silencia. Mucho por sanar en un mundo enfermo de falta de solidaridad, de justicia, de inequidades y de razón.

Y aquí están las Muchachas, las Mariposas, las Hermanas Mirabal, siendo bandera e inspiración de todas esas batallas cuyos nombres apenas comienzan a asomarse, cuyos nombres apenas comenzamos a conocer.

Muchas gracias, muchas veces.

(Discurso pronunciado durante el acto de develizamiento de una tarja en honor de las hermanas Mirabal en un parque de París, Francia).

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