Aprendí en momentos recios que al final somos lo que hacemos, lo que damos, lo que construimos y expresamos. Lo que influenciamos y contagiamos, y por cierto, has sido llamado a compartir alegría, esperanza, determinación y fe. Con tus palabras, gestos, hábitos y esa manera de poner al mal tiempo buena cara, de enfrentar el dolor con templanza y propósito, predicas ejemplo y mueves a la resilencia… Así es como sacas fe de la incertidumbre resultados de la mansedumbre, y de la desesperanza, dominio propio y madurez. Ese eres tú, cada vez que lo decides, cada día que lo intentas, alma de mente flexible y corazón abierto, afinando los sentimientos, reseteando tus pensamientos con la palabra de Dios, contagiando aliento en cada sonrisa y diciendo al mundo: «duele, pero se puede», porque ¡con Dios todo es posible.
