Solemos pensar que el desierto es un lugar donde la aridez y esterilidad reinan, la soledad lo enfría todo y la incertidumbre se come tu paz, pero con los años y los daños pasó de entenderse como “un lugar” a una temporada donde nuestras vidas se purifican y se encuentran con su creador, conectando la impotencia humana con la Omnipotencia divina. El desierto, es el peaje obligatorio del viajero, quien no lo vive, nunca conocerá la gloria del otro lado ni el propósito escondido en el camino. Dios gusta de revelarse en el desierto y mostrarse como el único digno de confianza y adoración. El aula del desierto nos introduce a la universidad del Espíritu Santo, quien nos prepara para la tierra prometida. Allí las pruebas se convierten en testimonios y las almas en testigos de su poder.
