Ser abogado

Desde las primeras manifestaciones en la infancia al discutir cuando se cree tener la razón, defender a los más débiles o argumentar para obtener un permiso, hasta llegar a la universidad en un escenario de profesores y compañeros, hay un enorme trecho entre ser licenciado en Derecho y convertirse en abogado.

El ejercicio profesional es el que diariamente va forjando el carácter del letrado en un variado ecosistema: así vemos al aguerrido penalista que defiende la causa del cliente a capa y espada, sea o no inocente; el reflexivo civilista que diseña un contrato con el cuidado de un orfebre para blindarlo de cualquier incumplimiento o el que navega en los negocios corporativos que debe lidiar con la rapidez en obtener los beneficios que persiguen los socios y la garantía de que no acaben en los tribunales aireando sus desavenencias. Y mientras, el de inmobiliario representa a quien prefiere perder la vida, antes que sus tierras o al que pretende obtenerlas, aunque la existencia se le vaya en el intento. Igual, emerge el administrativista en la lucha desigual de un ciudadano cual David -cuya honda son las leyes- ante un implacable Estado Goliat.

Con una interpretación profunda, aparece el constitucionalista aferrado a los principios fundamentales con la aspiración de una protección que aparenta ser una utopía en medio de una jungla de arbitrariedades. Transversalmente, se levanta el litigante que debe trazar una estrategia convincente ante un juez que ya ha visto muchas mentiras y al que nada humano le es ajeno. La ansiedad del enfrentamiento, la incertidumbre de un contrincante con su propio plan y la incomprensión del cliente que no entiende (o no acepta) los insondables vericuetos del conflicto, lo mantienen en tensión en una lid en que se va a ganar o a perder.

Con el optimismo de que el advenimiento amigable es la mejor elección, aparece el especialista en arbitraje que aún confía en la resolución alternativa de controversias fuera de los estrados para luego descubrir que algunos solo querían dilatar el desenlace inevitable. O el de Derecho de familia que ve tantos proyectos de vida fracturarse y le toca repartir los pedazos o proteger al menor entre pleitos de mayores.

No menos abogado, aunque desde otra perspectiva, está el juez que en su tribuna ve tantos derechos conculcados y mal defendidos, al que solo le queda decidir, no a favor del que tiene el derecho, si no del que pudo demostrarlo. Entonces, un abogado no nace, se hace con la experiencia de las satisfacciones del deber cumplido o los desengaños inevitables porque no siempre se tiene la suerte de que el brazo extenso del derecho abrace la justicia.

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