Somos más los buenos dominicanos que creemos en la honradez, la disciplina y el trabajo para que puedan alcanzarse grandes metas. Los que luchamos por recorrer el camino sin atajos, pero con tesón y persistencia porque, aunque algunos aparentemente logren conseguirlo fácilmente, la mayoría apuesta al esfuerzo del día a día que se convertirá en meses y luego, en años de realizaciones, peldaño a peldaño, paso a paso, talvez más lento de lo que se quisiera, pero sí de manera segura, firme e inequívoca para no resbalar y volver al principio.
Son los menos los oportunistas, los dueños de lo ajeno y los que, valiéndose de complicidades, saltan las reglas que se les aplican a todos. La nobleza se impone ante algunos ribetes de maldad que por estridente se hace sentir con mayor furor. En contraste, está el resto dominante que fluye pacientemente con la misma tranquilidad que tiene el río cuyo cauce luce monótono, pero también constante, como quien obra con la transparencia cristalina de sus aguas.
Somos más los que nos levantamos temprano a trabajar para ganarnos el sustento diario y obtener los méritos que nos corresponden sin arrebatarlos a otros. Los que luchamos por mantener a nuestras familias alejadas de los abismos de las tentaciones y la riqueza fácil, que haremos la tarea con todas las dificultades que se presenten, que sabremos esperar lo mejor luchando contra lo peor. Los que hemos decidido ser diferentes porque no toleraremos injusticias y nos regimos por la ética, aunque unos pocos decidan no hacerlo.
Somos más los optimistas y los que vemos alegría en cualquier evento de la vida, los que nos reímos a carcajadas (aunque fuera de nosotros mismos), los que aún confiamos en los demás, no perdemos las esperanzas y sabemos que siempre habrá algún rasgo de bondad bajo la coraza de indiferencia de todo ser humano.
Somos mayoría los que sacan algún aprendizaje de la más frustrante de las experiencias porque sabemos que nos ha librado de un mal mayor y nos pudo demostrar con crudeza en quiénes se podía confiar. Los que cada mañana al abrir los ojos agradecen la oportunidad de estar vivos, los que abrazan, saltan, besan y bailan desde la melodía del corazón. Los que saben que la maledicencia tiene fecha de caducidad porque el bien, como el sol, podrá en ocasiones estar oculto por las nubes y permitir la lluvia, pero nunca dejará de brillar.
