Una quería ser enfermera, otra levantaba un negocito para mantener a sus hijos y liberarse del marido opresor, mientras que otra estudiaba en la universidad porque sabía que solo preparándose podía ser autosuficiente y dueña de su destino. Relatos de luchas personales que se vieron arrebatadas abruptamente porque eligieron un compañero que sintió que su progreso era una amenaza y nunca pudo concebir que fuera excluido de la historia cuando ella decidió seguir sola para preservar su salud (mental y física) y hasta por supervivencia.
¿Hasta cuándo habrá que repetir los mismos eventos macabros para comprender que la solución no está en la severidad de las penas porque para decidirse a cegar la vida de la mujer ni siquiera se tuvo alma? Ninguna sanción, por drástica que fuera, es suficiente para retornar a la que se fue, para que esos niños vuelvan a ver a su madre o para completar los proyectos que se frustraron ¿Qué pasa por esa mente retorcida para cometer semejante atrocidad, a veces frente a sus propios hijos? No son reacciones abruptas del momento, sino el resultado de un comportamiento sistemático ante la creencia de que la decisión de ella de seguir en solitario es una afrenta a su hombría que debe pagar con la muerte. ¿Cuántas tragedias más deben acumularse para comprender que estamos reaccionando tardíamente cuando ya no hay remedio?
¿Cómo se formó ese monstruo que no distingue clases sociales ni posición económica? Como cómplices silentes, los medios de comunicación y la publicidad insisten en el estereotipo de la mujer objeto que atrae consumidores o la que está en la cocina como ama de casa en espera de alimentar la familia, conforme con un papel que le ha sido impuesto. La educación en las escuelas y en las casas que distinguen tratamientos y atribuciones en función del sexo femenino o masculino debe revisarse para que no contribuya a una realidad incontenible que debe detenerse.
A pesar de los extremos, cada vez hay más hombres que se arremangan las camisas para cocinar, fregar o limpiar porque han entendido, en buena lid, que ambos son un equipo y que en la familia no hay roles exclusivos, si se trata de llevarla adelante. En muchos aspectos hemos avanzado, es muy común ver a padres jóvenes cuidando a sus niños sin temor a cambiar un pañal (impensable en otros tiempos) y representar ese papel que no tiene etiquetas. Sin embargo, en ocasiones parece que no hemos superado la época de las cavernas en que el hombre arrastraba a su pareja por los cabellos, como si fuera de su propiedad. Lamentar no basta, se necesita actuar porque ningún camino se recorre sin un primer paso.
