Totalitarismo y libertad

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Caminábamos desde ciudad nueva a ver un triple hit en el Coliseo Brugal compartiendo bocadillos y bebidas con compañeros de la pensión, sin hacer precaución de ser atracados por truhanes, regresando en la madrugada en ciudad custodiada por soldados de la guardia y policías.

Los maestros se aseguraban de que los alumnos llenaran sus intelectos de conocimientos. La criminalidad era escasa y casi siempre pasional, lo que permitía dormir con las ventanas abiertas. Ninguna entidad política organizaba marchas, quemaba gomas en las calles ni gritaba consignas; tampoco habían enfrentamientos entre bandas de fascinerosos, y los transportistas de carga y pasajeros no hacían paros ni obstruían el tráfico ni provocaban desórdenes ni se mataban entre sí.

Muchos recuerdan esa tranquilidad, esa paz del sátrapa dueño de la vida de todos, del falso apóstol que impuso con el terror a su ira el sometimiento de los hombres y la entrega de castidades, conciencias e ideales. Falsa paz que terminó un día con el ajusticiamiento del dictador absolutista para que pudiera hablarse de libertad y empezásemos a forjar nuestra democracia republicana.

Dar riendas sueltas a los ideales y propósitos contenidos ha acelerado el desarrollo de conductas y organizaciones de todo tipo, así como de la adopción de normas, valores y paradigmas contrarios a la ética tradicional. Ahora percibimos horrorizados que nuestra sociedad se ha convertido en algo abominable que amerita ser reencauzado.

Hemos arribado a la meta errada y debemos revaluar lo andado para cambiar lo que deba modificarse, eliminar lo malo y conservar nuestras bondades, pero no para retornar a la tiranía o para promover violaciones a derechos consignados en nuestros estamentos jurídicos y constitucionales, como sí se hizo en los Estados Unidos con la excusa de dar mano libre al presidente George W. Bush en su guerra contra el terrorismo, invirtiendo procedimientos, cercenando libertades, auscultando indiscriminadamente a la ciudadanía, encarcelando a sospechosos indefinidamente y cambiando jurisdicciones, en una parodia burlesca del fascismo que también exhibe el actual presidente Donald Trump junto a su camarilla hitleriana.

Nuestras leyes sustantivas consignan derechos y obligaciones que deben respetarse y los males de nuestra sociedad surgen, aunque parcialmente, del hecho de que las adjetivas no son capaces de garantizar el mandato sustantivo, ni evitar el renacimiento que pretenden iniciar los ramfistas, trujillistas del pasado nebuloso que hoy procuran iluminar.

Esta es voz de alerta para la consolidación en permanencia de nuestro sistema político y para lograr la internalización por parte de la nación de los conceptos fundamentales republicanos de que los elegidos sean quienes logren con los votos depositados en las urnas verdadera representatividad ciudadana en los resultados electorales, y que los obliga a rendir cuentas a los electores.
Hasta ahora, lo que hemos tenido como rendición de cuentas son discursos de autocomplacencia que se leen frente al ensamblaje de legisladores que solo representan a su partido, cuya cúpula
selecciona candidatos y orden jerárquico.

Así, tendremos garantías de que el próximo presidente elegido en el 2020 rendirá cuentas al pueblo, a la nación, a la posteridad, y no a partido alguno.

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