Un harakiri aéreo y no por honor

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Somos uno de los países mejor equipados de América Latina y el Caribe con aeropuertos para el tráfico internacional, lo que proporciona una ventaja competitiva a su industria turística.
Tenemos 8 aeropuertos habilitados para vuelos internacionales, uno por cada 6 mil kilómetros cuadrados. Si no es un record, es un buen promedio. También se construye un aeropuerto doméstico en Nisibón, con vocación internacional.

Sobresalimos por la calidad y seguridad de los servicios, y esto hizo posible dos grandes avances: primero, salir de la lista negra de las autoridades de Estados Unidos (categoría 3), que impedía a aviones con matricula dominicana valor a territorio estadounidense. Segundo: la aprobación del Aeropuerto Internacional de Punta Cana (PUJ) para que los vuelos con destino ese país operaran como vuelos locales y pudieran llegar a terminales que no tienen servicios de migración y aduanas.

En los contados aeropuertos que tienen este privilegio, los pasajeros pasan Migración y Aduanas estadounidenses en el aeropuerto de origen, y al llegar a su lugar de destino evitan largas filas y sólo tiene que recoger su equipaje. Se reducen las molestias a los viajeros y se proyecta seguridad y confianza a los turistas de ese país que es nuestro principal mercado; y nos facilita el acceso al mercado turístico existente en el entorno de muchos aeropuertos locales.

PUJ ganó este privilegio porque es el aeropuerto de la región con mayor afluencia de turistas de Estados Unidos; es reconocido por el cumplimiento de las normas internacionales y por la calidad del servicio. Aparece en la lista de los 10 principales terminales de la región; y es ganador, varias veces, del primer lugar en las evaluaciones del Consejo Internacional de Aeropuertos.

Esta es un área en la que el Estado ha hechos concesiones a empresas del sector privado, de origen local (tres) e internacional (una), que por su solidez han hecho posible los avances citados, aunque la medalla principal se la lleva el PUJ, como líder que el año pasado manejó el 50% de los pasajeros y el 65% de los turistas internacionales.

Este éxito ahora parece amenazado por el inconcluso proceso para aprobar un nuevo aeropuerto en Punta Cana. Resulta que la distancia mínima entre un aeropuerto y otro debe ser de unas 40 millas lineales. Pero en la llanura oriental, que se inicia en Boca Chica, tenemos el aeropuerto Las Américas, separado del existente en La Romana por 50 millas; de El Catey (Samaná) por 58 millas, del que se construye en Nisibón por 75 millas e igual distancia del que se quiere construir en Las Tres Piezas. El de La Romana estará a 28 millas del nuevo proyecto, que a su vez estará a 11 millas del que se construye en Nisibón, y sólo a unas 18 millas del PUJ (que en temporada alta recibe unos 90 vuelos diarios). Dicen los técnicos del Instituto de Aviación Civil (IDAC) que sería necesario cambiar todo el ordenamiento del espacio y tráfico aéreo.

Son 5 aeropuertos en los 4,400 kilómetros cuadrados que cubren la línea que une a La Romana-El Catey- Nisibón- PUJ-La Romana; y si abrimos ese espacio para incluir Las Américas, tendremos 6 en 8,200 Kilómetros. No me sorprendería que, si como hasta ahora esto sigue, “como caña para el ingenio”, en el 2022 declaren el Este como zona de riesgo para la navegación aérea. Considero que es un problema para el país y no la disputa de dos empresas, como algunos quieren vendernos.

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