Beatriz Saavedra Gastélum
Especial para elCaribe
La poesía de Octavio Paz y la obra de Jorge Luis Borges parten de una misma inquietud fundamental: la necesidad de penetrar en aquello que se encuentra detrás de la realidad inmediata. Ambos escritores convierten la literatura en una forma de conocimiento, pero no de un conocimiento cerrado o definitivo, sino de una exploración permanente de los enigmas del tiempo, la conciencia, el lenguaje y el universo. En sus poéticas, el mundo visible es apenas la superficie de una realidad más profunda.
En Paz, esta búsqueda encuentra uno de sus caminos fundamentales en el surrealismo. Su amistad con André Breton fue decisiva, no porque Paz aceptara plenamente la ortodoxia surrealista, sino porque encontró en ella una actitud espiritual capaz de cuestionar las fronteras de la razón. Breton llegó a considerarlo “el poeta hispanoparlante que más me conmueve”. Paz, sin embargo, aclararía que sus actividades dentro del grupo surrealista fueron “más bien tangenciales”. Su relación con el surrealismo fue, por tanto, creadora y crítica.
Para Paz, el surrealismo significaba la posibilidad de romper las estructuras convencionales de la realidad y acceder a otras dimensiones de la experiencia. De ahí su cercanía con el pensamiento oriental y con las antiguas culturas mexicanas. La poesía se convierte en un espacio donde pueden encontrarse tradiciones aparentemente distantes.
Rachel Phillips señala que en los poemas de Paz aparecen estructuras provenientes de la mitología nahua, los arquetipos grecorromanos y las tradiciones de la India, particularmente el brahmanismo, el budismo y el tantra. La poesía paciana construye así una visión universal en la que el mito no pertenece únicamente al pasado: continúa actuando en la conciencia contemporánea. En Piedra de sol funde el mito prehispánico del calendario azteca con el presente continuo de la conciencia moderna, escribe:
voy por las calzadas del tiempo,
paso por las sombrías calzadas del tiempo de la memoria, y voy por el principio sin fin de la frente que tocan los anhelos, los ojos de los que fueron
y los ojos de los que serán, como si el tiempo fuera un vasto presente donde nadie se va porque todos están.
Borges desarrolla una operación semejante, aunque desde una arquitectura intelectual distinta. En su obra, los contrarios —luz y sombra, sueño y vigilia, realidad y ficción, identidad y alteridad— nunca permanecen separados. La imagen del crepúsculo resulta particularmente significativa porque constituye un instante en que el día y la noche coexisten. Para Borges, la tarde es una experiencia de inquietud y transformación: “la tarde va entrando en nosotros”. El paisaje deja entonces de ser exterior y se convierte en una experiencia espiritual.
Esta poética de los contrarios aproxima a Borges y Paz. Ambos saben que la realidad no puede reducirse a una sola perspectiva. El universo es plural, cambiante y misterioso. En Borges, el laberinto, el espejo, el infinito y el tiempo funcionan como símbolos de esa complejidad; en Paz, el sol, el cuerpo, el instante, el erotismo y el mito cumplen una función semejante.
Sin embargo, existe una diferencia esencial. Borges tiende a convertir el misterio en una construcción intelectual donde la paradoja conduce al infinito; Paz busca además una experiencia corporal y espiritual capaz de reconciliar los opuestos. En él, la poesía transforma el mundo en experiencia.
Por eso ambos escritores pueden leerse como poetas de la frontera. Borges habita el umbral entre la realidad y la ficción; Paz, entre la razón y la imaginación, entre Oriente y Occidente, entre el mito y la modernidad. Ambos hacen del lenguaje un instrumento para aproximarse a lo que no puede ser explicado completamente.
En sus obras, finalmente, la poesía no ofrece respuestas definitivas. Abre espacios. Nos coloca frente al misterio, la palabra poética se convierte en una forma de tránsito: un camino entre la luz y la sombra, entre lo visible y lo secreto, entre el instante y la eternidad. Quizás por ello Borges escribe: “Sin una eternidad, sin un espejo delicado y secreto de lo que pasó por las almas, la historia universal es tiempo perdido”.
Esta página es una colaboración especial para este suplemento.
Beatriz Saavedra Gastelum es una poeta mexicana egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México unam, con una maestría en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana otorgada por la Universidad de Barcelona. Ha realizado estudios de literatura, poesía, historia y filosofía. Forma parte del consejo directivo de la Editorial Floricanto, donde ha participado como editora de más de 23 libros. Actualmente coordina el Taller de creación literaria Alicia Reyes en la Capilla Alfonsina. Ha escrito cinco libros poesía, su obra ha sido incluida en diversas antologías, revistas y periódicos nacionales e internacionales. Sus poemas han sido traducidos a lenguas indígenas, francés, inglés, holandés y alemán. Fue finalista del Concurso Vivir Soñando España 2005 y obtuvo una mención en la Asociación de Poetas de Argentina apoa. En 2015, fue distinguida con el Galardón Sinaloenses Ejemplares en el Mundo, en el ámbito cultural, otorgado por el gobierno del estado. Vive en la Ciudad de México.
