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Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas

Mi título de hoy es el mismo que sirve de introito al preámbulo de la Carta de la ONU, documento fundacional de la Organización de Naciones Unidas.

Mi título de hoy es el mismo que sirve de introito al preámbulo de la Carta de la ONU, documento fundacional de la Organización de Naciones Unidas.Es este preámbulo una bella apología a la paz y a la necesidad de que se instituyan las medidas necesarias y se realicen los esfuerzos de lugar para “(…) preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles”.

Para ello se establece en la Carta, desde su preámbulo, la base filosófica y dogmática sobre la cual descansan los más robustos preceptos del derecho internacional y se crean principios erga omnes basados, según el propio preámbulo “(…) en la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, (…)”, entre otros aspectos.

La Naciones Unidas es, en ese contexto de 1945 cuando nace, por un lado, el andamiaje jurídico oportuno impuesto por los vencedores de la II Guerra Mundial, y al mismo tiempo, la esperanza del resto en que en lo adelante a las naciones, como a los seres humanos, les serían respetados sus derechos en aras de un sistema de convivencia pacífica estable y duradera.

El 2 de octubre de 1979 en la XXXIV Asamblea General de la ONU, Juan Pablo II se dirige por primera vez a los Estados reunidos en ese gran escenario para recordarles la importancia del respeto a los derechos de los seres humanos “(…) porque el espíritu de guerra, en su significado primitivo y fundamental, brota y madura allí donde son violados los derechos inalienables del hombre”.

En 1995, por segunda ocasión en la Asamblea General en su quincuagésimo periodo de sesiones en Nueva York, el Santo Padre tocaba un punto esencial en el devenir histórico de la comunidad internacional al recordar la importancia de respetar igualmente, no solo los derechos particulares del hombre, sino también y muy especialmente, el de las naciones.

Afirmaba Juan Pablo II que la II Guerra Mundial “tuvo su origen en violaciones de los derechos de las naciones (…) consideradas “otras”. Crímenes terribles fueron cometidos en nombre de doctrinas nefastas, que predicaban la “inferioridad” de algunas naciones y culturas”.

A propósito de la celebración esta semana del “LXXI Período de Sesiones de la Asamblea General de la ONU”, y de la participación discursiva de jefes de Estado y de gobierno o de sus representantes, debe llamar la atención si esta organización ha sido capaz, no solo de garantizar el respeto igualitario al derecho de hombres y naciones, sino también de cumplir con los roles que le encomendaron sus fundadores entre los que primordialmente está el de evitar la repetición de actos que desangren la humanidad.

Cuestionar, sin embargo, la efectividad de la ONU con relación a la preservación de la paz entre los países así como a evitar conflictos armados será siempre un error de análisis perceptivo si el mismo se basara solo en la idea conceptual de la organización y no en la responsabilidad común que tienen, por acciones u omisiones, los 193 Estados que la forman.

Aun cuando la propia Carta de la ONU propugna por la igualdad jurídica de los Estados, los discursos en la Asamblea General son suficientes para percibir la lacerante diferencia entre los miembros de esta organización, así como en la visión que tienen sobre el respeto por las diferencias, así como los compromisos que honran, dejan de cumplir o entorpecen.

La Asamblea General de la ONU, la meca de la diplomacia y del multilateralismo parece un escenario desnaturalizado al que todos acuden con agenda particular y en el que nadie se pone de acuerdo en nada. En fin, un escenario en el que muchos o algunos oyen dependiendo de quién esté hablando, pero que en esencia, muy pocos escuchan.

Si nuestros líderes, aquellos que dan forman o “deforman” con sus acciones u omisiones la naturaleza de este tipo de organizaciones no son capaces de escucharse y de discutir los temas que a todos interesan, entonces, ¿hacia dónde vamos?

El discurso de Ban KI-moon

Luego de casi 10 años, con dos periodos como Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon ha pronunciado su discurso de despedida ante la última Asamblea General que se celebra bajo su mandato.
Ban Ki-moon es, como la semántica indica, el “secretario” de la más poderosa organización de Estados del mundo. Eso, sin embargo, lo convierte en presidente de nada.

Es por eso que los estudiosos de las Naciones Unidas colocan a los secretarios generales de la ONU en dos categorías: aquellos cuyas ejecutorias están más cerca de la imagen de “secretarios” que de “generales” y los que, por sus características parecen ser más “generales” que simples secretarios.

Kofi Annan, Secretario General desde 1997 al 2006, es considerado un General. Aunque no fue capaz de impedir las guerras en medio oriente, su ejercicio le llevó a distanciarse y a enfrentar en medio de su mandato a las potencias, culpándolas de ser las responsables directas de conflictos en países pobres, pero ricos en recursos naturales.

Por el contrario, Ban Ki-moon, según los estudiosos del tema, termina su mandato en la ONU como un secretario, que, aun cuando ha tenido logros importantes en materia de cambio climático con el Acuerdo de París, terminó acorralado por los intereses de los países ricos y poderes hegemónicos, y cuya cosmovisión, como si fuese su último grito, ha expresado al inaugurar el Periodo de Sesiones de la Asamblea General.

Con esta última intervención, empero, Ban ha hablado como si fuese un verdadero General, lástima que lo hace cuando ya se va. Retrató el mundo como un lugar terrible en el que las potencias “ (…) tienen sangre en sus manos”, habló sobre la principal causa de desigualdad de los Estados: la brecha existente entre ricos y pobres y ha llamado cobardes a quienes “han ignorado, facilitado, financiado, participado o incluso planeado y ejecutado atrocidades infligidas por todas las partes del conflicto sirio contra civiles”.

Su elocuente y amargo discurso debió ser tomado como un llamado de emergencia capaz de sentar las bases para un diálogo plural y sincero con el objetivo de salvar a toda la comunidad internacional de la repetición de sucesos ya superados.

Sin embargo, en la vorágine en que vivimos este es otro discurso más de los miles que allí se pronuncian y que al final de la jornada se olvida, como se olvidan a los que mueren cada día en Siria, en Yemen, o en cualquier otro país bajo el fuego directo de intereses ajenos a ellos.

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