Dos tesis sin sustento

Por mucho tiempo he leído en pluma de algunos periodistas (“hacedores de opinión pública”), sociólogos, politólogos e intelectuales a secas, que para que haya democracia y liderazgo opositor-representativo deben darse dos condiciones: a) alternabilidad en el poder; y b) que ningún partido tenga mayoría parlamentaria aplastante. Pero lo curioso de esa tesis-pretensión, en nuestro país, es que sólo se exige y reclama, por esa claque intelectual-periodística, cuando el PLD gobierna y logra mayoría parlamentaria. Sin embargo, cuando gobierna otro partido y logra lo mismo (Ej. 98-2006), tal aspiración desaparece como por arte de magia (¿doble moral política-intelectual o qué?).

Y me pregunto: ¿En cuál democracia del mundo un partido político, de antemano y como visión altruista-civilizada de la política y del poder, aspira a ganar, de equis cantidad de escaños, solo unos cuantos dizque por preservar equilibrio de poder y que ochocuánto? ¿Se da así en los Estados Unidos, Francia, Alemania, España, o Inglaterra? ¿En qué Democracia del mundo se prohíbe que un partido político –vía elecciones libres- gane todas las veces que la mayoría decida? O Más apegado a cierto requerimiento constitucional (que no conozco): ¿existe alguna Constitución en el mundo que establezca, tácitamente, a qué cuota de poder debe aspirar un partido político?

Si existiese esa prerrogativa constitucional, en algún país, seguramente estaríamos ante una dictadura, o el paraíso.

De modo, que, el mito de equilibrio de poder, más que entenderlo como una repartición obligatoria-mandatorio entre fuerzas políticas, hay que asumirlo en función de una separación real de los poderes públicos –una quimera, dicho sea de paso, en construcción, zigzagueante, desde 1978- cuya génesis-inflexión debería ser una legislación electoral que no propicie arrastre, resquicios ni vicios técnicos-legales que dificulten una efectiva administración electoral y la obtención de resultados electorales diáfanos y transparentes en procesos eleccionarios no de votantes o “clientes”, sino de ciudadanía consciente-refrendaria.

Entonces, por lo que hay que luchar, sin sesgo partidario, es por instituciones fuertes, separación e independencia de los poderes públicos, conciencia ciudadana cada vez más exigente con el cumplimiento del imperio de la ley, efectiva y transparente gestión pública y por una legislación electoral que promueva y fomente valores cívicos-democráticos.

Por ello, en el actual y obsoleto marco jurídico-político- electoral, dejémonos de “cuentos chinos”, no hay partido que no aspire a obtener la suma de todos los cargos de elección popular. Y si no es así, ¿por qué no hemos visto -desde 1978- una huelga de partidos, de oposición o no, y su periferia mediática-periodística e intelectual, exigiendo tal aspiración? ¡Qué va!

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