Apunte sobre “La alimentación y las razas” (II)

Para José Ramón López nuestros problemas alimenticios inician incluso con los aborígenes, quienes eran “sobrado frugales”, debido a la falta de alimentos que había en la isla al momento de la conquista y colonización, “donde casi todos los frutos nutritivos y los animales domésticos que ahora poseemos han sido importados después del descubrimiento”. Más adelante argumenta que esta falta de alimentos es demostrable por varias variables, entre estas “la debilidad física e intelectual de todas las tribus que componían los diversos cacicazgos, y que acusa a una alimentación escasa e irregular”. Luego, fulmina de forma injusta a los indígenas, al expresar que: “Su entendimiento, inhábil para reflexiones profundas, acogía como artículos de fe las patrañas más disparatadas; y era tan escaso el vigor de su organismo que ya solo soportaba la casi inacción de una vida ociosa, y sucumbía a poco tiempo de obligarlo al trabajo”. A estas fuertes declaraciones de López, en su refutación, Rafael Justino Castillo les llama “aventuradas”, por carecer de rigor científico.

Jose Ramón López, hombre de estilo directo y sin muchos rebuscamientos estilísticos, pero elegante y de fácil lectura, sin dudas husmeó la cocina de muchas casas de la época y, en cierta medida y con una distancia de más de un siglo, no es mucha la distancia entre aquellas cocinas y muchas actuales, especialmente en la zona rural del país, citamos: “En las ciudades, exceptuadas algunas familiar, solo se hace una comida medianamente nutritiva al día. El desayuno no se compone más que de una tacita de café con leche, pan y mentequilla, en cortas proporciones; y con ese alimento insuficiente van todos, letrados y obreros, a hacer recia tarea (…).

Sobre el almuerzo dice que “pocas veces se puede calificar de opíparo. Comúnmente los platos son carne, plátanos, arroz y fríjoles no muy abundante el primero, -y agrega, como para rematar – engañándose casi siempre el deseo con caldos espesados a fuerza de ahuyamas, en los que entra como mínimo elemento la carne, cuyo excelente sabor nunca se percibe en ellos. Son aguas hervidas más o menos inofensivas, pero con las cuales no se puede contar para nutrir a nadie”.

Según el autor, en la noche, “después de una fatiga de cinco horas de trabajo el organismo rendido no alcanza más compensación que otra taza de café con leche o de chocolate, con un panecillo y mantequilla de oleomargarina, cuyos elementos indigeribles irritan el estómago, en vez de alimentarlo”. Esta dieta es combinada, según López, con “infusiones de hoja de naranja, o de feregosa, o jengibre” y, termina: Considérese a qué estado de empobrecimiento no se reducirá el individuo sometido a ese régimen, y no será ya extraño encontrar tantas caras pálidas, tanta anemia, tantos cuerpos débiles y raquíticos, tantos seres degenerados (…).

Para el autor de “La alimentación y las razas” una dieta correcta se transformaría en “ideas lucrativas, y por añadidura en cuerpos hermosos y robustos (…) de color delicado y saludable, aptos para amar, alegrarse, ser valientes (…)”.

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