Política y fanatismo

Dos de mis mejores amigos son enemigos por culpa de las discusiones políticas. Todo inició de la forma más original, en una tertulia en mi hogar. Uno expresó en el grupo que las Águilas Cibaeñas, como equipo de béisbol, tenía más mística que el Licey; el otro respondió, desvirtuando el tema y tomando el comentario para él, que el aguilucho no tenía moral para hablar pues estaba apoyando a un partido político que…
Y de inmediato iniciaron los dimes y diretes, las voces alteradas, las pasiones desbordadas, los señalamientos con el dedo índice, las interrupciones en las intervenciones, los intentos de demostrar conocimiento de la historia, las descalificaciones personales…
Aunque varias veces traté de que las aguas volvieran a su nivel, ambos no me hacían caso, hasta que, bajo la amenaza de que si continuaban los echaría de mi casa, la calma regresó de sus andanzas, no sin antes los dos mirarse como advirtiéndose mutuamente que el enfrentamiento no terminaría ahí.

Durante el resto del encuentro los guerreros guardaron silencio, permaneciendo con sus rostros amargados y desfigurados por el odio; no disfrutaron la música, la “picadera”, el vino, los chistes, las historias repetidas, los relajos sanos… Los demás pensábamos: ¡qué tristes y aburridos se ven esos dos!

Por todo ello, cuando hablo y escribo sobre política siempre me preocupo por hacerlo con respeto. Podemos defender nuestras convicciones sin ofender, sin pronunciar epítetos contra los demás, incluso resulta noble cuando resaltamos las virtudes del contrario.

Cuando hablo y escribo sobre política sé que pocos o muchos de los que me escuchan o leen no están de acuerdo conmigo, y en ocasiones me lo expresan con altura, y eso lo valoro bastante, pues enriquece las ideas.

Cuando hablo y escribo sobre política sé que en todos los partidos políticos hay gente buena y mala, que la verdad y la razón no están de un solo lado, aunque considere que donde estoy es el mejor camino para la patria. El que habla o escribe sobre política, siempre debe hacerlo con decencia, que no implica de ningún modo falta de firmeza.

Lo ideal es que participemos en la política, que seamos activos allí, a sabiendas de que es un espacio de servicio a los demás, no importa la sigla o el color de nuestra preferencia, y que desde donde estemos trabajemos responsablemente por construir un país mejor, actuando con honestidad y eficiencia.

Estar en política no es ser fanático, al contrario, se requiere un alto grado de tolerancia con quienes difieren de nosotros. Y eso se lo explicaré a mis dos amigos, para que de nuevo se den la mano, como hijos de Dios.

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