Referentes éticos

Nos hemos quedado sin referentes éticos, debe ser una pregunta, pero podría ser una afirmación ante la corrupción sin frenos, la degradación de nuestros cimientos familiares y la degeneración del espacio público, donde la razón no es utilizada para dirimir los conflictos y buscar “el justo medio” aristotélico.

Vivimos la desmesura y la falta total de control. Los políticos procuran enriquecerse y nuestra democracia electoralista es escamoteada, falseada, masticada y roída por ellos y sus socios privados. Ha sido así desde siempre, con lógicas y honrosas excepciones. Y aunque se espera que cambie este rumbo, santo Tomás nos llama a esperar antes de celebrar. En el país, la política ha sido especulación y no “la ciencia más pura y la más digna, después de la Filosofía”, pues entre nosotros le ha faltado, como bien sigue la frase duartiana “(…) inteligencias nobles”.

Los cargos cambian a muchos o descubren su verdadera fisonomía, olvidando posturas y promesas éticas, por eso parece cierto que: “(…) es imposible conocer el alma, los sentimientos y las intenciones de un hombre hasta que se muestre experimentado en cargos y en leyes” (Sófocles: Antígona), pues “ninguna institución ha surgido peor para los hombres que el dinero” (Op. Cit.).

Qué es vivir una buena vida? La gran pregunta que subyace en la filosofía moral desde el siglo V antes de Cristo. O incluso desde antes, si pensamos en el pentateuco desde un punto de vista ético. Bajo qué barómetro debemos tratar a los demás? Cómo debemos vivir nuestras vidas? Debemos hacer tabula rasa de lo que proyectan nuestras clases dirigentes, como modelos éticamente cuestionables, y buscar nuestros propios caminos? Podemos vivir una mala vida, procurando una buena vida? Qué es, entonces, lo buen? Vivir una buena vida es un proyecto fácil, o es una búsqueda constante llena de tropezones y de fallos? Vale la pena?

Cómo discernir lo bueno de lo malo para aplicarlo a nuestras vidas? Debemos buscar el bien por respeto a las normas o por temores divinos o, en cambio, por convicciones personales? Y, la gran pregunta de la filosofía: Qué es la felicidad? Es esta la máxima de las virtudes? Y cómo alcanzarla si no existe una sola forma de vivir la vida.

 

Puede el Estado prohibir de forma absoluta algo, sin dejarles opciones al individuo, imponiéndole una visión ética quizás diferente a sus estándares? Son preguntas difíciles en momentos de modernidad (más bien post modernidad) líquida: Nada vale, todo se permite, la tradición no importa; no existe la contención, el freno.

Nos faltan referentes éticos que hagan de la búsqueda del bien su norte y sirvan de guías, anteponiendo, muchas veces, su dicha personal y hasta familiar. Nos hacen falta soñadores con los pies en la tierra, hemos tenido demasiados prácticos que no miran el cielo. Nos hacen falta más Duarte, hemos tenido muchos Trujillo. Y eso es para la política y para la vida diaria, la vida de la calle, la del día a día.

 

Nos faltan referentes éticos.

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