Ensayos sobre la ciudad y la civilización
VII. La ciudad compartida
Las ciudades son una de las grandes invenciones de la imaginación humana. Como los poemas, los templos y las constituciones son obras de la voluntad y de la memoria. No nacen sólo de una necesidad material, sino de una aspiración más honda: vivir con otros. Desde las antiguas polis griegas hasta las metrópolis de nuestro tiempo, la ciudad ha sido el lugar donde el hombre vence el aislamiento y descubre que su destino está unido al de sus semejantes.
Toda ciudad responde a una pregunta esencial: ¿cómo vivir entre diferentes? La pregunta estaba en Atenas, donde los ciudadanos discutían en el ágora; en Roma, que convirtió las plazas en escenarios de la vida pública; en las ciudades medievales, cuyos campanarios anunciaban una pertenencia común, y en las ciudades americanas, que intentaron trasladar un orden europeo a una realidad nueva.
La ciudad es, antes que nada, una conversación. No siempre tranquila ni ordenada, sino hecha de voces que se contradicen, se mezclan y terminan formando un rumor común. Por sus calles pasan hombres y mujeres de distintas edades, creencias, fortunas y esperanzas, y todos comparten durante unas horas el mismo aire, las mismas aceras y el mismo cielo. La ciudad es el lugar donde la pluralidad deja de ser una abstracción y se convierte en experiencia cotidiana.
Por eso una ciudad no puede medirse solamente por la altura de sus edificios, la cantidad de inversiones o los automóviles que consigue mover. Esos números permiten conocer su músculo, pero no su corazón. Una ciudad se revela en la manera en que sus habitantes se encuentran, en los vínculos que establecen y en los espacios donde un desconocido puede dejar de serlo durante unos minutos.
Santo Domingo conoce bien esa condición. Sus piedras llevan cinco siglos acumulando encuentros y desencuentros, victorias y derrotas, riquezas y miserias. Por sus calles pasaron conquistadores y esclavos, mercaderes y religiosos, independentistas y gobernantes, inmigrantes y viajeros. Cada uno dejó una huella que los siguientes no pudieron borrar por completo. Por eso Santo Domingo no es una ciudad terminada: es una ciudad que todavía se está escribiendo.
Su paisaje revela muchas contradicciones de América Latina. Modernidad y precariedad pueden encontrarse en una misma esquina; una torre de cristal puede levantarse a pocos metros de una calle donde faltan servicios esenciales. Pero sería injusto reducir Santo Domingo a ese mapa de desigualdades. Las ciudades poseen también la facultad de tender puentes sobre sus propias heridas.
Cada mañana, el Metro ofrece una pequeña demostración de esa facultad. Allí viajan juntos empleados, estudiantes, profesionales, vendedores, jóvenes y ancianos que quizá nunca se sentarían a conversar en otro lugar. Durante unos minutos comparten el mismo vagón y destino. Esa proximidad contiene una verdad cívica: la ciudad comienza cuando dejamos de vivir exclusivamente entre nuestros semejantes.
Algo parecido sucede en los colmados, pequeñas repúblicas dominicanas donde se venden alimentos, se comentan noticias, se discuten partidos de béisbol y se cuentan desgracias y victorias. El colmado cumple una función que en otras ciudades desempeñaron los cafés, las plazas o las tertulias. Lo mismo ocurre en parques, mercados, universidades, playas y avenidas. La convivencia necesita lugares.
Cuando desaparecen los espacios donde los ciudadanos pueden encontrarse sin pertenecer necesariamente al mismo grupo, la ciudad empieza a dividirse en pequeñas ciudades que dejan de reconocerse. Ése es uno de los peligros de las grandes metrópolis contemporáneas. El mercado, la expansión urbana y las nuevas tecnologías han creado espacios cada vez más especializados, destinados a personas que consumen lo mismo, piensan de manera semejante y pueden pagar los mismos precios. Mientras la distancia física se reduce, aumenta la distancia social. Vivimos unos junto a otros y podemos pasar años sin encontrarnos verdaderamente. La ciudad corre entonces el riesgo de convertirse en un archipiélago.
Santo Domingo tampoco está libre de esas tensiones, pero conserva lugares donde la ciudad consigue reconocerse. Al caer la tarde, el Mirador Sur reúne a deportistas, estudiantes, empleados, familias y ancianos que caminan bajo los árboles, mientras la luz tropical cambia lentamente el rostro de la ciudad. Las diferencias sociales no desaparecen, pero dejan de ser visibles con la misma intensidad.
La Ciudad Colonial cumple una función distinta. Allí el pasado permanece detrás de las piedras, en los patios, las iglesias y las calles estrechas. Por esos lugares pasaron Ovando, Las Casas y los primeros cronistas de Indias, y sus voces parecen mezclarse todavía con las de turistas, vecinos y vendedores. No es sólo patrimonio arquitectónico: demuestra que una ciudad construye su identidad acumulando tiempos, sin borrar completamente ninguno.
También el Malecón tiene una condición especial. Toda ciudad necesita un horizonte para recordar que no termina en sí misma. París tiene el Sena; Londres, el Támesis; Buenos Aires, el Río de la Plata. Santo Domingo tiene el Caribe. Frente al mar, las diferencias parecen perder por un momento su importancia. La brisa pasa sobre los barrios ricos y pobres con la misma indiferencia, y el horizonte, que no pertenece a nadie, termina perteneciendo a todos. Hay en esa experiencia una forma elemental de democracia.
Desde el ágora ateniense hasta las plazas de Hispanoamérica, los espacios públicos han servido para que los ciudadanos se vean. Ver al otro es el comienzo de reconocerlo, y reconocerlo es el principio de la convivencia. Una ciudad sin espacios públicos es una ciudad que ha dejado de mirarse a sí misma.
Por eso recuperar parques, plazas y áreas recreativas significa algo más que embellecer la ciudad: significa reconstruir el espacio común. Pero esa tarea quedaría incompleta sin una idea de equidad. Una ciudad alcanza su madurez cuando la calidad urbana no pertenece únicamente a quienes pueden pagarla.
La justicia urbana empieza en cosas que parecen pequeñas: que un niño tenga un parque cerca de su casa, que una persona mayor pueda caminar sin miedo, que una familia encuentre un lugar digno donde sentarse y conversar. La grandeza de una ciudad se decide muchas veces en esos detalles que no aparecen en las estadísticas.
También la cultura construye puentes. Las ciudades no se unen únicamente con avenidas, túneles y puentes; se unen mediante símbolos. El Carnaval, la Feria Internacional del Libro, los festivales musicales, las celebraciones patrias y los acontecimientos deportivos producen momentos en que miles de personas sienten que forman parte de algo. Durante unas horas, Santo Domingo deja de parecer una suma de barrios y adquiere la apariencia de una comunidad.
Las sociedades necesitan esos momentos porque también necesitan recuerdos compartidos. Una ciudad no vive únicamente de sus edificios: vive de las historias que cuenta sobre ellos. Las piedras forman el paisaje visible; la memoria construye el invisible. Cuando ambos coinciden, la ciudad adquiere una profundidad que ninguna infraestructura puede adquirir.
Santo Domingo es, en ese sentido, mucho más que una capital caribeña en expansión. Es una conversación de cinco siglos, una memoria que no termina de cerrarse, una multitud de voces que participa, aun sin saberlo, en una misma historia. Las leyes organizan la convivencia, las instituciones intentan protegerla y la infraestructura crea las condiciones materiales para que ocurra.
Pero ninguna ciudad se sostiene sólo con reglamentos, instituciones o cemento. Necesita algo más frágil y poderoso: la voluntad de compartirla. Esa voluntad se construye todos los días, en el Metro, en el parque, en la plaza, en el colmado, frente al mar y en cualquier lugar donde un ciudadano descubra que el desconocido que camina a su lado también forma parte de su destino.
Al final, una ciudad es el lugar donde aprendemos a vivir con los otros y, quizá por eso mismo, donde aprendemos a vivir con nosotros. Santo Domingo todavía está aprendiendo esa lección. Su verdadera grandeza no estará en la cantidad de torres que levante ni en la velocidad con que consiga desplazarse, sino en su capacidad para convertir la diversidad en convivencia, la convivencia en pertenencia y la pertenencia en un destino común.
