Hay artistas cuya presencia justifica una entrada, y otros cuya experiencia debería justificar una libreta. Joyce DiDonato pertenece a ambas categorías.
El lunes 2 de noviembre, la mezzosoprano estadounidense impartirá una clase magistral de canto lírico en el Conservatorio Nacional de Música, por iniciativa de Fundación Sinfonía. Entrada libre, dos horas y media que podrían valer más para un joven intérprete que meses de consejos bienintencionados.
DiDonato conoce el oficio desde sus entrañas. En Carnegie Hall ha trabajado con voces emergentes desmontando hábitos, tensiones y artificios. En una sesión hizo que un tenor cantara de espaldas al público, inclinado sobre el piano. El resultado, según la crónica, fue una interpretación más sincera: menos pose, más música. Y en el Conservatorio de San Francisco, una alumna recordó su mezcla de estímulo y exigencia. La lección era sencilla: explorar sin miedo, pero aceptar lo que todavía falta por aprender.
Eso importa especialmente en República Dominicana. Tenemos voces con posibilidades, profesores comprometidos y escenarios donde mostrarlas. Pero una carrera lírica exige algo más que cantar afinado: idiomas, repertorio, criterio escénico, resistencia y contacto con estándares internacionales.
También conviene recordar que una masterclass no produce milagros. Nadie sale convertido en estrella después de una tarde, su valor está en detectar lo que años de rutina pueden volver invisible.
El 4 de noviembre escucharemos a DiDonato en la Segunda sinfonía de Mahler, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional. Antes habrá ofrecido algo menos espectacular y acaso más duradero, tanto para cantantes como para nosotros, los afectos a su arte: una manera de escuchar. Ojalá sepamos aprovecharla: traer una celebridad cuesta mucho esfuerzo, pero aprovechar el calibre de su legado vale mucho más.
