Cuando recorremos las antiguas ciudades coloniales de América y contemplamos sus iglesias, casas, palacios y fortificaciones, pocas veces pensamos en el material que hizo posible su permanencia. La piedra fue uno de los grandes protagonistas que hizo posible la arquitectura colonial. Su utilización no respondió únicamente a razones constructivas, sino que también expresó permanencia, poder y prestigio.
Las sociedades precolombinas ya dominaban el trabajo de la piedra. Mayas, incas y otras culturas construyeron templos, caminos y edificios monumentales mediante técnicas extraordinarias. Sin embargo, en buena parte del Caribe insular predominaban las construcciones de materiales vegetales, favorecidas por la abundancia de bosques y maderas. La llegada de los españoles introdujo nuevas formas de utilizar la piedra y transformó progresivamente el paisaje urbano americano.
Desde los primeros viajes de Colón, la Corona española comenzó a enviar especialistas al Nuevo Mundo. Canteros, albañiles, carpinteros y caleros eran indispensables para construir iglesias, viviendas, edificios públicos, fortificaciones y toda la infraestructura necesaria para los nuevos asentamientos. Para atraerlos, se ofrecían salarios superiores a los peninsulares y otras oportunidades económicas.
La construcción colonial no fue, por tanto, una empresa exclusivamente europea. En La Española, México, Perú y muchos territorios de Indias, los indígenas participaron activamente y aprendieron el oficio de la cantería bajo la dirección de maestros españoles. En La Española existieron cuadrillas organizadas bajo el mando de caciques especializados. Estas labores exigían conocimientos de geometría y estereotomía, disciplina dedicada al corte y ensamblaje de las piedras para formar estructuras complejas.
La diversidad geológica americana determinó los materiales empleados en cada región. En el Caribe predominó la caliza coralina; en México se utilizaron ampliamente piedras volcánicas como el tezontle, además de calizas y canteras locales. En los Andes se aprovecharon distintas rocas volcánicas, mientras que en Arequipa destacó una piedra blanca y ligera que caracteriza su arquitectura. En las misiones jesuíticas del Paraguay se empleó la arenisca conocida como itaky.
La arquitectura colonial americana fue una reproducción de la arquitectura española, aunque cada territorio incorporó sus propios materiales, conocimientos y soluciones constructivas. Fue una extensión de la arquitectónica española en los territorios incorporados a la Monarquía Hispánica. Aunque estuvo condicionado por las características geográficas, climáticas y culturales de cada territorio, con el tiempo fue incorporando progresivamente materiales, técnicas, soluciones y adaptaciones propias de cada región, dando lugar a expresiones arquitectónicas particulares dentro de una tradición común.
Las primeras construcciones con tecnología europea se levantaron en La Isabela, fundada en 1494, donde pronto aparecieron edificios de piedra y tapia. En Santo Domingo, fundada en 1498, la piedra adquirió especial importancia tras la llegada de Nicolás de Ovando en 1502 y el traslado de la ciudad a la ribera occidental del río Ozama. Allí se utilizaron sillares, sillarejos, dovelas, cal, ladrillo, teja, tapia y madera.
Por su elevado coste, la construcción en piedra exigía mayores recursos económicos, tiempo y mano de obra, por lo que quedó inicialmente vinculada a los grupos privilegiados. Entre las primeras viviendas de este tipo destacó la del adelantado Francisco de Garay, probablemente iniciada en 1504 y conocida después como Casa del Cordón, por el relieve que adorna su fachada. Ese mismo año comenzaron las obras de la Torre del Homenaje y la Fortaleza de Santo Domingo.
La Corona también promovió y reguló estas construcciones. En 1512 dispuso que las casas tuvieran una base de piedra y, en 1514, estableció obligaciones de construir viviendas de este material para determinados propietarios. Se buscaba mayor resistencia frente a la humedad, los huracanes y los ataques de corsarios, pero también favorecer la permanencia de los colonos y consolidar la ocupación del territorio.
Durante la primera mitad del siglo XVI, Santo Domingo se llenó de edificios de cantería, entre ellos las Casas Reales, el hospital real, varios conventos y las residencias de personajes destacados. Sobresale la Catedral de Santo Domingo, construida entre 1521 y 1541. De tradición tardogótica, presenta tres naves, capillas laterales y complejas bóvedas de crucería. Sus piedras conservan marcas de canteros y, en la cripta, una montea: un dibujo preparatorio trazado directamente sobre el muro que permite conocer parte del proceso constructivo.
La tradición se extendió por el Caribe y el continente. En Puerto Rico se levantaron iglesias, viviendas y fortificaciones como el Castillo de San Felipe del Morro. En Cuba, la piedra se empleó en edificios como la casa de Diego Velázquez y en las defensas de La Habana y Santiago de Cuba. Cartagena de Indias, Campeche y Portobelo desarrollaron importantes sistemas de murallas y fortificaciones que protegían puertos estratégicos y simbolizaban el poder de la monarquía española.
En México, la combinación del tezontle y la cantera dio lugar a soluciones particulares, mientras que en Oaxaca los constructores indígenas demostraron gran destreza en la ejecución de bóvedas pétreas. En los Andes se combinaron los conocimientos indígenas con los sistemas europeos, y en Paraguay la arenisca permitió construir conjuntos monumentales de notable precisión.
La historia de la piedra en la arquitectura colonial americana es, en definitiva, una historia de encuentros e intercambios. Las técnicas europeas se adaptaron a nuevos territorios y materiales, mientras los constructores indígenas y criollos incorporaron sus propios conocimientos y enriquecieron la tradición recibida.
Durante siglos, la piedra permaneció asociada a las grandes obras religiosas, militares y gubernamentales, así como a las residencias de las élites. Hasta la difusión del hormigón armado, a finales del siglo XIX, los muros de piedra unidos con mortero de cal continuaron siendo esenciales en la arquitectura hispanoamericana.
Hoy, las piedras de las ciudades históricas conservan las huellas de los canteros, las decisiones de los constructores y el encuentro de distintas tradiciones. Son materia y memoria: no solo permitieron levantar edificios resistentes al paso del tiempo, sino que contribuyeron a crear una nueva imagen urbana en América. Conservarlas significa preservar una parte fundamental de nuestra historia.
• Este artículo forma parte de las investigaciones realizadas en el proyecto europeo TransatlanticLab-101235830, HORIZON-MSCA-2024-SE-01, dirigido por la Dra. Consuelo Naranjo Orovio del Instituto de Historia del CSIC.
