Lo bueno, lo malo y lo feo del «Berghain» de Rosalía

«Berghain» de Rosalía es un experimento que nos recuerda que la música clásica sigue viva, incluso cuando se disfraza de «party».

Rosalía encarna, sin proponérselo, el dilema de la artista contemporánea: entre el rigor y el espectáculo.
Rosalía encarna, sin proponérselo, el dilema de la artista contemporánea: entre el rigor y el espectáculo.
Escuchar artículo
0:00
-0:00
Velocidad

Cuando Rosalía lanzó Berghain, su colaboración orquestal dentro del universo de Lux, su nuevo disco, la red se incendió. No por una nueva fórmula musical, sino por un gesto que muchos consideraron, al menos, “revolucionario”: una artista pop, vestida de soprano, frente a una orquesta.

De repente, millones de oyentes descubrieron, o creyeron descubrir, el universo sinfónico. Algunos hablaron de «una nueva era musical» y redes como Instagram y TikTok se plenaron rápidamente de contenidos «educativos-intelectualizantes», que ya son una narrativa clásica, más propia de alimentar los egos y meterse en las tendencias.

Lo asombroso no es el entusiasmo, sino la candidez con que se celebró algo tan elemental: una voz con orquesta. Esa reacción colectiva funciona como un diagnóstico: una cultura fascinada por lo básico, una sociedad que ha perdido el músculo del asombro cultivado. Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia, advierte que vivimos un tiempo donde la experiencia se mide en intensidad, no en profundidad. Berghain, con su envoltorio visual y sonoro, encarna esa paradoja: lo sinfónico reducido a estética instantánea

De Björk a Bowie: el mestizaje sinfónico

El diálogo entre la música popular y la sinfónica no es nuevo. En 1997, Björk estrenó Homogenic, un álbum donde los arreglos de cuerda de Eumir Deodato transformaron la electrónica en una experiencia casi coral. David Bowie, en cambio, cedió su legado a Philip Glass, quien lo reinterpretó en tres sinfonías que pasaron del rock a la abstracción sinfónica. Madonna hizo lo propio en Ray of Light, abrazando una estética casi sacra bajo la producción de William Orbit.

La diferencia es que aquellos artistas operaban en un ecosistema cultural que aún valoraba la evolución. La experimentación tenía un propósito: ampliar el lenguaje. En cambio, el Berghain de Rosalía surge en un contexto saturado por la estética del shock y el consumo rápido. La fusión orquestal no busca trascender, sino impactar. No es interlocutora, sino utilería.

Lo bueno: el eco que despierta

Y sin embargo, hay que reconocerlo: Berghain cumple una función pedagógica involuntaria. Muchos jóvenes oyentes estan descubriendo la sonoridad orquestal gracias a Rosalía. YouTube se llenó de búsquedas con términos como «qué es música sinfónica» o «cómo funciona una orquesta».

Incluso, sorprendió que la propia Rosalía publicara la paritura de la canción, una estrategia que volvió locos a sus fans haciendo que muchos «analicen» la pieza musical y otros la toquen en distintos instrumentos. En una sociedad donde la educación artística se diluye en lo inmediato, cualquier estímulo que despierte curiosidad es valioso.

Además, el éxito de la pieza ha reactivado un interés por el cruce entre pop y academia. Productores como James Blake o Ryuichi Sakamoto ya exploraron ese camino, pero ninguno había generado una conversación tan transversal. Rosalía ha logrado, quizá sin proponérselo, que el sinfonismo vuelva a las playlists de millones. Eso, en sí mismo, tiene mérito.

Le recomendamos leer


Lo malo: la «dieta» cultural

Pero lo bueno no cancela lo preocupante. La euforia con que se recibió Berghain revela una sociedad culturalmente desentrenada. Que un adulto se maraville al escuchar una orquesta no habla de la genialidad del artista, sino de la pobreza de la “dieta” cultural.

Byung-Chul Han lo explica en La sociedad del cansancio: cuando la vida se reduce al rendimiento y la dopamina, la contemplación se vuelve insoportable. Escuchar una sinfonía de Bruckner requiere paciencia; escuchar Berghain requiere apenas atención flotante. El público celebra lo sinfónico no por su complejidad, sino por su aura de profundidad. Es un consumo simbólico de prestigio.

Eso no es culpa de Rosalía, sino del sistema cultural. Las plataformas premian la intensidad inmediata. La educación musical se arrincona en las escuelas. Los conservatorios sobreviven, pero la escucha crítica se evapora.

Este artículo forma parte de nuestro Suplemento Cultural de este 1 de noviembre. Disfrutalo completo haciendo click en la imagen
Este artículo forma parte de nuestro Suplemento Cultural de este 1 de noviembre. Disfrutalo completo haciendo click en la imagen

Lo feo: la trivialidad de lo sublime

En el fondo, lo que Berghain pone sobre la mesa es que, en estos tiempos donde todo placer se monetiza, la orquesta se muestra como un props visual de lujo.

Su videoclip lo deja claro: cada plano está diseñado para viralizar el aura del «arte elevado». Pero lo elevado, cuando se calcula, pierde su altura. No hay en la pieza una búsqueda de verdad estética, sino de visibilidad. La orquesta no acompaña, adorna. Es la banda sonora de una performance de poder.

Y sin embargo, la paradoja persiste: incluso dentro de ese artificio, algo verdadero se filtra. La belleza del sonido orquestal, por más instrumentalizado que esté, sigue tocando fibras que la música digital no alcanza. El problema no es la belleza, sino el contexto que la trivializa.

Una soprano «en el party»

La partitura del "Berghain" de Rosalía

Desde el Caribe, donde las orquestas y la formación sinfónica sobreviven gracias a la pasión más que al presupuesto, observamos el fenómeno entre la curiosidad, la esperanza y la cautela. Algunos seguro dirán que es una oportunidad si logra que más jóvenes se interesen por el repertorio clásico. Otros temerán que esa fascinación superficial perpetúe la idea de que lo clásico solo es válido cuando involucra a una celebridad.

En todo caso, el impacto es real. Las búsquedas sobre «música sinfónica» y «Rosalía Lux» han crecido también en la región, y eso puede traducirse en mayor atención o, al menos, mayor curiosidad hacia nuestro arte. Pero la lección más profunda quizá sea otra: sin educación artística, el oído social seguirá dependiendo del brillo de las modas para reconocer lo sublime.

Le recomendamos leer: «ConCierto Sentido»


Al final, Berghain es un experimento imperfecto, pero necesario. Nos recuerda que la música clásica sigue viva, incluso cuando se disfraza de party. Que el pop, pese a su fugacidad, puede todavía mirar hacia lo eterno. Y que la orquesta, aún usada como símbolo, conserva una dignidad que trasciende modas.

Quizá lo verdaderamente revolucionario no sea que una estrella pop se atreva a cantar con orquesta, sino que una orquesta consiga llenar un teatro sin necesidad de un nombre famoso en el cartel. Cuando eso ocurra, tal vez hayamos recuperado algo que el siglo XXI parece haber olvidado: la capacidad de escuchar sin prisa, sin algoritmos, sin espejismos.

Posted in Cultura, GenteEtiquetas

Más de gente

Más leídas de gente

Las Más leídas